" No le estaba permitido ser a la vez inteligente y mujer. Captaba muy bien que ni su carácter independiente ni su nivel cultural gustaban, sabía que con su físico esbelto y bien formado sería mucho más popular con los hombres si se limitara a sonreír, sin hablar cosas de fondo. Los hombres las prefieren gansas".

lunes, 25 de agosto de 2008

A-Marte

Acá escapé, ilusionada sobre una nube no paré. Acá estoy, sentada sobre una roca, y mis ojos y mi boca miran el infinito que jamás alcanzaré. Ok, ok, en Marte desperté. Lo reconozco. Vi bosques y desiertos al paso que daba un paso. Me elevé, me elevé. A medida que el oxígeno se hacía escaso, el corazón sin marcapaso latía más fuerte. Al planeta rojo llegué y con tantos miedos de quemarme… y de quedarme. El cielo no es gris, se completa de arreboles rojizos y sueños enfermizos. Yo callo. Alguien allá al frente me grita de repente: “Acá está la Tierra, que no vuelen tus pies”. Enraizados estaban, claro, cubiertas de maleza y miel. De hiel. Bien puestos sobre la tierra, tierra negativa y atómica, peste de plaga, plaga de pestes, con cielos celestes que se apagan. “Acá estoy bien”, respondo, casi incoherentemente, es que jamás había dado si quiera un salto en que me soltara la gravedad presente. Y ahora estoy ausente, a ver si alguien me extraña.
La otra mañana eché una miradita. Nadie me devolvió el gesto, como si fuera protesta, con mi sonrisa propuesta, viré el rostro. Los gases me adormecían, más yo soñaba. Ya no estaba allá, sentía temor, claro, no quería quedarme siempre, la falta de aire y suelo, me quitaban consuelo de saber quién soy. Quién fui, tal vez. Tormenta de arena. Y me ciego. Bueno, acá huí, de lo que me ata, me mata.
Nunca había estado tan lejos. Un par de veces me invitaron a la Luna, y yo desnuda me dejaba querer. Marte está tan lejos dije esa vez, tal vez ni lo conoceré. Mi cuerpo liviano en la Luna me desesperaba, estaba atada al suelo seguro, cerros y montes de humo que cada día consumo sin contemplarme. Hoy estoy en Marte.
Recorro canales y desiertos, huyo de huracanes violentos, duermo entre los cráteres. Y no me siento bien. Las lluvias de meteoritos golpean muy fuerte, trato de mantenerme sin alimento, pero lo que siento siquiera se compara a lo que dejé allá en mi aposento.
Las noches están llenas de símbolos acá, de seres mudos que gritan caracteres que los ciegos jamás podrán comprender. Ayer vi un par de nubes queriendo formar aves sin escrúpulos que mediante su unión forjaban miedos y sinrazones, corazones sin esperanza.
Acá estoy sola, volando. A veces ando. Otras paro. Ni siquiera tengo sombra acá, como si fuera relevante, es que nadie conoce la soledad de quién no tiene amparo sobre el cual acogerse. Supe de repente que ella me llamaba, desde allá, el suelo de mi tierra que me detiene.
No estoy conforme, tal vez debería continuar en Júpiter, patinar sobre Saturno, dejar de respirar en Urano para caer en un coma profundo en Neptuno y dar alientos de vida en Plutón. No puedo. No puedo alejarme más de mi suelo. Me llama, me tira. Es que ya estoy muy lejos y me espera.
Tomaré una estrella fugaz de vuelta, dejaré estelas en mi camino y una que otra lluvia de meteoritos que quizá nadie notará. No, mejor me desvanezco en una aureola boreal verdosa, encandilo a las osas que pronto parirán y le pido a la gravedad que me haga caer donde siempre debí estar. El suelo.
Tal vez pude haber narrado algo sobre mis castillos, piedra sólida, arena de mar tropical. No. En Marte estoy y quiero volver, pero… ¿y si espero unos días más?
Ok, ok.

miércoles, 16 de julio de 2008

Sin título

Había vuelto la lucidez a mi conciencia por pocos segundos. Admiré las aves cantar, el ruido del motor de los automóviles, los semáforos bicolores, las chispitas chirriantes del riel del ferrocarril combinadas de enérgica electricidad y apasionada agua de lluvia. Y volví. Las neuronas no abren las alas, sólo conversan entre ellas las mismas historias repetitivas de siempre.

Quise apartarme, tal vez saltar al otro lado. Temí. Nunca entendí a que temía, tomando en cuenta que ni siquiera conocía lo que estaba afuera de mi aletargado refugio. Y la conciencia moría como atravezada por la bala de un certero francotirador.

Parecía ciego, mas podía ver. Golpeaba mi frente contra ese muro blanco, manchándolo de rojo carmín y lágrimas de sal. A veces las bebía cuando con timidez bordeaban mis labios. Y los mordía.

Quise atreverme y qué más da. Si no controlo mis movimientos. Ni siquiera me muevo.
Algunas veces viene algo y me cambia de posición. Yo callo. Siempre lo hago, nunca aprendí a sincronizar la lengua y los dientes. En ocasiones utilizo una esponja y me la introduzco en la boca. Me deshago de toda esa saliva innecesaria hasta deshidratarme.

Quisiera de todos modos mover mis dedos. A veces están tan fríos. De repente me los miro y calzo unos con otros. Sigo con la mirada la vertiente de su forma larga y huesuda. Y me los muerdo. Otra vez introduzco la esponja en mi boca.

No conocí a nadie en mis momentos de lucidez. Veía tantas caras, tantas. Me desconcerté. Esperé una distinta, similar a la mía. No la hallé.

Espera por mí podría haber gritado en ese entonces, cuando vi el cielo azul y ese sol radiante que cegaba mi vista ciega.

Quise romper mis limitaciones, tirarme de cabeza al abismo, abrir los brazos, morir hecho pedazos contra el suelo.

Muchas veces siento pulsaciones bajo mi ombligo. No las puedo comprender. Me trato de mover, y sólo alcanzo a cruzar las piernas. Pareciera querer saciar algo, pero las intenciones desaparecen en el momento en que mi mano se intenta mover.

Yo quisiera que me viera. Porqué habría de verme, si yo no me muevo, vivo estático acá, en mi rinconcito lúdico y febril.

Quisiera que me distinguiera, pero por esas casualidades de la vida siempre hay algo tapando mi visión. No soy vitrina para nadie. No pertenezco al mejor postor.

Quisiera que decidiera por mí. Pero quién soy yo, no tengo nada para ofrecerle. Soy sólo un corazón sólo, putrefacto y mal oliente. No pretendiera refugiarse en mí.

No tengo nada para ofrecer, ni siquiera puedo valerme por mí mismo.

Quisiera quebrar ventanas a gritos, ensordecer, no permitir que oyera otras voces. Mas no puedo. Estar conforme de mis cabezazos alucinégenos contra la pared es mi boleta sin derecho a cambio.

Yo no puedo salir. Las velas de mi conciencia no prenden. No tienen mecha. La verdad está hecha añicos.

Comenzaré moviendo mis dedos. Quisiera sentir el placer riguroso de amarrar los cordones de mi par de zapatos nuevos.

Y el siguiente paso concluirá en mi aprendizaje. Aprenderé, sin lugar a dudas, a silvar.

Y con mi sabionda sabiduría retendré los miles de pájaros que hoy vuelan, que no quieren posarse en mi mano a comer.

jueves, 19 de junio de 2008

¿Cómo saberlo?

Sobre un cerro el horizonte pareciera lejano. Allá vemos a los que quedaron atrás e intentas disimular que poco te importa ya que sus momentos no pertenecen a tus caminos, sin desconcertarte.

Tú que apareciste y te volviste un alma errante, perdida sin destino, como estrella fugaz pasaste y quizá tu estela me hirió los ojos, cegándome por un instante de dicha y placer.

¿Cómo saber que eres tú?

Los paseos de amable goce, con un poco de satisfacción con gusto a dulzura y candor. Yo no entiendo porqué han de acabar los pastos verdes y las nubes grises.

Alguna vez aquel que creíste compensaría tu alma rota, llenándola a la velocidad rauda de la luz, deja sin compasión un orificio aún mayor que el que tanto temiste volver a tocar, por el miedo que te atormentaba lo desconocido de su interior.

¿Cómo saber que eres tú?

Hoy el cielo parecía matizado de marrón y celestiales eternidades. Esponjosas miradas brillantinas, lentejuelas de luces y humos en la lejanía de lo que observaba, distante de las emociones que esperaría llegarán de golpe y tocarán la puerta de mi razón, despidiéndola a patadas, para darle paso a la entrada al corazón, frente a las emociones como público frío y calculador que espera el instante del tropiece y la voz temblorosa del que intenta recitarles un poema de pasión, para soltar una carcajada despiadada y convertirlo en pedacitos, bajo una sedienta crueldad.

Fuiste uno, fuiste otra. Sólo fuiste un soplo, para qué negarlo, si abriste tu palma derecha y juraste que no lo eras, faltando a tu moral de buen prójimo, mintiendo con tal de salir libre de los pecados que cometiste, acrecentándolos con una maldad superior.

¿Cómo saber que eres tú?

Cambiaste de rostro, de voz, fuiste pasado, serás futuro y ¿cómo diablos saber que eres tú?

El juego se vuelve desesperante y disimulo en lo más mínimo el temor que me produce dejarme llevar por las ilusiones que me provocan crear mundos y levantar castillos en el aire que pisotearé porque aquella ventanita por la cual la princesa debiera huir a los brazos de su príncipe amado nunca abrió.

Supe que felicidad trajiste en el tiempo propicio. Supe que me elevaste por cielos huracanados y que caí al mar, hundiéndome en lo más profundo de arenas movedizas y cactus que desesperan por desaguar la sangre de su víctima con el cariño de sus espinas. Supe que la alegría me colmó y que el instante fue insuperable. No podía exigir más de todo lo que ya tenía. Fuiste uno, serás uno.

¿Cómo saber que eres tú?

Volverás a aparecer de entre cortinas rotas, emitiendo un sonido chirriante por la fricción de tus dientes, mas no emitirás palabra alguna, puesto que yo debo abrir mis ojos y entender los tuyos y reconocerte cuando hayas llegado y no dejarte partir bajo la lluvia, el sol o los desiertos que se esconden entre mis senos.

Tu olor debiera ser mi pista, tus manos el indicio de la necesidad de tomar las mías, tu vientre el rastro con el cuál encontraré aquello que desconozco, pero que siempre he sabido que es.

La ignorancia no me mata, me absorbe por no saber que eres tú.

¿Cómo saber que eres tú?

Tendrás tantos nombres, crearás tanto deleite, tanto dolor. Seguro vas y vienes y ¿cómo saber que eres tú para detenerte?

Tal vez ya te dejé pasar, porque las calles son angostas y el tráfico arrollador. Las luces sólo caminan por una vereda y se esconden en las sombras todos tus pavores alucinados de la luminiscencia de notas musicales que escapan de tu lengua, enredándose en mis cabellos, acariciando mis orejas, resguardándose en mi boca.

Yo no temo tu llegada. Yo no temo tu partida. Sólo ayúdame a saber ¿cómo saber que eres tú?

Vendrás, te quedarás, irás sin conocer tu destino. Olvidarás que estuve allí, olvidarás que estoy aquí. Alguien más te encontrará, no lo dudo. ¿Cómo sabrás que soy yo?

Y de coincidencias debiéramos vivir, para que los aciertos no nos cayeran sobre los hombros como carga, más bien fueran ellos los que nos hicieran reconocernos con la vista en alto y los pies arrumados entre los brazos, con los bellos de punta y la sensación de que mis entrañas reconocen el poder de tu esencia, que somos.

¿Cómo saber que eres tú? ¿Cómo sabrás que soy yo?

Y es que el azar y el destino son malévolos antagonistas de lo que pensaríamos es solo cosa de tiempo y, por lo demás, jamás se ha detenido para permitirnos el derecho de sentarnos a beber una taza de café, consumiéndonos con la razón bloqueada, las pasiones desatadas y uno que otro canto de pajarito.

No eres la radio encendida con canciones en francés. No eres el disfraz del payaso que odia su función y ansía un trabajo de oficina. No eres el semáforo con personajes que tú asumes te indican detenerte o avanzar, cuando perfectamente podrían insinuarte que aquella puerta que vas a cruzar te lleva al baño de hombres. No eres la M que inicia mi nombre, que de manera escandalosa pareciera tener cierta preferencia al olvido o al recuerdo en demasía. No eres las palabras exageradas y los pensamientos rotos por las noches de insomnio. No eres la voz sumisa ni el llanto desconsolado. No eres inteligencia ni perdón, ni ignorancia ni mente en blanco. No eres lo que yo no espero que seas. Eres todo.

Pero…

¿Cómo saber que eres tú?

El consuelo ha de quedarme de tener la certeza de que cuando tú sepas que soy yo, yo no dudaré en inclinarme a tus pies para aceptar que de alguna manera u otra siempre fuiste tú.

martes, 17 de junio de 2008

No quiero verte

Cada vez que te veo, no tengo más que sentir pena.
Pena de verte, olerte y no poder sentirte.
Por eso siento pena.
Cada vez que te veo, tu indiferencia me da pena.
Y no poder siquiera responderte con una mirada me da pena.
Cada vez que te veo sólo siento pena.
Tus manos toman otras,
tu nariz alta que mira alegremente el cielo roza otra,
tu olor se cuela con otro,
tus labios se enredan con otros,
tu cama arde con otra...
y no soy yo.
Por eso, cada vez que te veo siento pena.
Los centímetros parecieran kilómetros de frialdad,
las miradas parecieran de extraños,
yo, yo que bebí de ti,
yo siento pena cada vez que te veo.
Es que ya no me perteneces,
ya me tiraste al vacío,
por eso si te veo no hago más que alzar mi mentón,
confidenciándote mi orgullo,
mi rencor,
sólo porque siento pena.
La luna y su aureola cítrica ya no me sonríen,
Manuel Montt pareciera cualquier otra,
las chaquetas de cuero lloran,
tus canciones ya no son mías,
mi vida está vacía,
por eso tengo pena cada vez que te veo.
Porque a ella le sonríes,
porque a ella la acaricias,
porque a ella la escuchas,
porque a ella la aprisionas,
porque a ella la acorralas,
porque a ella te debes la vida,
lo siento,
cada vez que te veo sólo hago sentir pena.
Pena me da tu rostro perfecto,
pena me dan tus manos cálidas,
pena me da tu mirada perdida,
pena me da tu pecho ardiente,
pena me dan tus labios lejanos,
pena me da tu voz diciéndole te amo a otra.
No siento amor,
no quiero lucha,
sólo siento pena.

jueves, 12 de junio de 2008

Reflexiones sobre ruedas (guión inexacto)

(Ella sentada en un asiento de micro contra la gravedad, se coloca los audífonos, sube el volumen y apoya su frente en el vidrio de la ventana)


May: ¿No será que estoy perdiendo el tiempo? Más bien debiera parar, ¿Por qué no puedo?

Razón: Claro que puedes, te desconozco, no seas ilusa, me estás dejando en vergüenza.

Corazón: Cállate idiota. Qué sabes tú cuando no puedes parar porque yo lo impido.

Razón: Tú no impides nada, eres la consecuencia de mis estímulos, no te des la importancia que no mereces.

May: Yo no quiero discutir, quiero saber si debo parar ya.

Razón: Detente.

Corazón: Por ningún motivo.

Razón: ¿Qué pretendes? Siempre crees tener la razón, ¿Quién crees que soy yo?

May: ¿No estaré desgastándome más de la cuenta por unos bolsillos rotos?

Corazón: ¿Acaso te estoy mintiendo? ¿Acaso no estoy haciendo bien mi trabajo? Niñita malagradecida. Bendigo lo que siembras.

Razón: Y yo maldigo lo que cosechas. Basta ya de darle vueltas al asunto. ¿Qué sentido tiene seguir?

Corazón: Pfffff. ¿No entiendes el sentido de seguir? Es lo que se gana en el instante, no lo que pierdes en el futuro.

Razón: ¿Y tú quieres un instante?

May: Tal vez.

Corazón: ¿Lo ves?

Razón: Blasfemo. Dijo tal vez, ni sí ni no. Es mi trabajo hacerla entender.

Corazón: Y es mi trabajo hacerla sentir. Cuántas veces has ganado, cánsate ya!.

May: No me ayudan. Tú dices que debo parar. Tú dices que debo seguir. Y continúo igual.

Razón: Por mí pararas ya, tonta. Deja de arrimarte a un cuerpo frío. A brillos de pantalla. ¿Acaso salí de vacaciones?

May: Eso quisiera.

Razón: Pues no! Estoy aquí. Si no estuviera, quién sabe que hubieras hecho a causa de los consejos de este inepto.

Corazón: ¿Inepto me llamas? Cuando hago lo mejor por ella. ¿Sabes tú lo que sucede en el centro de su pecho? Estallan fuegos artificiales con unas simples palabras.

Razón: Y los puedo detener cuando se me de la gana. Tú debes parar y ya. Después será demasiado tarde y yo no te podré ayudar.

Corazón: Yo tampoco.

May: ¿Entonces se están poniendo de acuerdo?

Corazón: Por ningún motivo. Prefiero mi sacrificio a que desconozcas y te niegues a lo que pudiera ser.

Razón: Lo que pudiera ser, blablablá. Tú tienes la capacidad de parar cuando quieras, sabes que yo te la doy. ¿No será que tú te estás negando a causa de las insinuaciones de éste?

Corazón: Yo no he insinuado nada. Digo las cosas claras. Ella lo tiene claro.

May: Por supuesto que no! No tengo nada claro. Discuten entre ustedes y sigo con la misma confusión.

Razón: Protesto. ¿De qué confusión me hablas? No he sido lo suficientemente clara. Me estás subestimando niñita.

May: Nada de eso. Quiero actuar y ya.

Corazón: ¿No te es suficiente mi ayuda?

May: Tal vez no.

Razón: ¿Y la mía?

May: Me desorienta.

Corazón: Siente niña, no pienses.

Razón: Piensa y medita, no sientas.

May: Aaaaayyy me desesperan. Me hundo en un hoyo. Ambos me pisotean en el suelo.

Razón y Corazón (al unísono): ¿Grito pidiendo ayuda?

May: Por favor.

Razón: ¿Qué hace que no puedas separártele?

Corazón: Mis actos.

Razón: ¿Qué actos? Tú solo respondes.

May: La cotidianeidad eliminada.

Razón: ¿A qué te refieres?

May: A todo aquello que detesto.

Corazón: Exacto!! ¿Lo has visto borrado?

May: Más bien maquillado.

Razón: ¿Y eso es bueno?

May: De todas maneras.

Corazón: Exacto!!

Razón: ¿Pretendes dejar de seguir mis ideas?

Corazón: ¿Ideas? Metes tu cuchara en algo que no entiendes. Vives temerosa, siempre pensando que lo peor podría pasar. (Se voltea hacia ella) Niña, Sigue tus presentimientos. Sigue tus sentimientos. ¿Qué queda por perder?

Razón: A ti, idiota.

Corazón: ¿A mí?

Razón: Claro, si al final eres tú el que luego se queja.

May: No, no es así.

Razón: Mmmmm.

May: Quiero seguir. Diablos! No sé por qué. No quiero perder lo que me hace tan bien…

Corazón: … Al espíritu.

Razón: … A la sanidad mental.

May: Toda la razón.

Corazón: Óyeme. No hay nada que perder acá. Nada. Sólo ganarás mientras comprendas los límites.

Razón: Y yo te ayudaré en eso.

May: ¿No me ayudarán en la decisión entonces?

Corazón: Ya la tomaste.

Razón: Sí. Ya la tomaste.

Corazón: Tú no quieres quedar sedienta. Embriágate de lo que tanto necesitas y agótate. No pienses en mañana más. Piensa en el día a día.

Razón: ¿Debo dar un paso al lado?

May: No. Por ningún motivo. Te necesito.

Razón: No puedo ayudarte.

May: Sólo te necesito acá, callada. Permíteme dejarme llevar, no me daña, de verdad.

Corazón: Exacto!! Y si llegase a dañarte, quedarás con ese gustito en la lengua de que supiste su sabor.

Razón: Al amargo sabor de la derrota te referirás.

Corazón: No. El dulce sabor de que al fin me sacrificó a cambio de nada.

Razón: ¡Óyete!

May: Jamás dejaré de estar confundida. Mas, no espero un futuro próspero, sembraré para eso. Ahora me queda cuidar lo que tengo. Y no quiero perderlo por mi insensatez.

(Baja las escaleras de la micro, sonríe al cruzar la calle. Ya tenía respuesta).

domingo, 1 de junio de 2008

Día Feliz

Hoy el día me recibió con un excitante resplandor, como si fuera cómplice de mi felicidad. Y así me acompañó. Es que ni siquiera sabía que debía hacer luego. Me habían advertido que olvidara en seguida todas esas palabras, como cuando le prohíbes algo a un psicópata ansioso, yo más lo hacía. Más pensaba. Y me daban vueltas y vueltas, como un carrusel haciendo felices con tan poco a los niños que habitan en mí.

Y es 100 pájaros volando. Eso es.

Mi mente volaba y se perdía en laberínticas frases sube y baja. Como montaña rusa, llegaba a lo alto y luego las contradicciones me hacían caer precipitadamente.

El metro me soltó con una canción de Silvio. Qué ironía, ¿no? Tal vez siempre estuvo allí y nunca lo había notado. Tal vez estaba ahí, ahora, precisamente ahora para mí.

Y no le pedí nada más al día, me dio todo lo que debía.

Y está bien.

Me conformo con la emoción de mi vientre incendiándose. Me conformo con las sospechas confirmadas. Me conformo con el día feliz.

Y renuncio, como siempre ha sido.

Siempre me toca renunciar, no será la primera ni la última vez.

Renuncio, porque así es.

El día feliz quedará en mí, guardado bajo llave. Lo mantendré bajo reserva, por si lo vuelvo a necesitar. Cuando sea preciso lo liberaré.

Es poco, pero es todo lo necesario. Es poco, pero es todo.

Gracias a ti el día pareció distinto.

Gracias.

jueves, 29 de mayo de 2008

Nunca se ha de completar la lista

Pesimista hasta el cansancio, irónica despreciable. Duende de ideas locas y jinete de pocas emociones límite. Soy en un elástico vencido, que ya no estira más. Soy una vela que su propia esperma ha acabado su luz. Soy un árbol de navidad forrado en polvo que sólo es invitado a la cena una vez al año. Soy límites, claro que soy límites. Soy frontera, soy cerco, soy luna lejana, soy aureola de noches rojizas. Soy cansada de pereza, soy flor marchita de veneno ácido, soy malos humores por la mañana. Soy frío de invierno y sudor de verano. Soy, maldita sea, la boca callada que no dice te amo. Soy alma errante de siglos pasados. Soy sombrero de copa y cabellos rasurados esparcidos por el suelo. Soy sombra de vidrieras transparentes. Soy invisible sin ropas. Soy dinosaurio extinguido por radiación de malos pensamientos. Soy agria de limones podridos. Soy hija, hermana, prima, sobrina, amiga y conocida. Soy contacto de descontactados y pérdida de perdidos. Soy abismo abismal, mar que oculta seres mitológicos, castillos voladores, barcos neblinosos. Soy diosa de la nieve, témpano de caribes lluviosos, nube giratoria de huracanes devastadores. Sí, también soy lo que se puede llegar a pensar de mi, eso me integra. Soy carne podrida llenándose de moscas. Soy poca pasión, no soy lujuria. No soy comunidades, soy ritos de tribus africanas destinadas a disminuir cabezas y masticar huesos. Soy ballena varada deseosa de volver al mar que la vio nacer. Soy brillos en la oscuridad y oscuridad en la luz. Soy calmantes de sueños eróticos, soy desnudez de boberías. Soy desprecio y paciencia. Soy poca espera. Soy manos agrietadas, soy pensamientos borrosos. Soy caracoles de cementerio, lagartijas que huyen del sol. Soy chucherías de abuelita, calcetas de lana de oveja desteñida, soy topo ciego bajo tierra. Soy la vereda del frente, el celular sin sonar, las canciones en francés. Soy caricatura clausurada, helado de menta picante, detenciones en el bandejón central. Soy semáforo descompuesto dispuesto a generar catástrofe, soy lentes de sol ocultadores de miradas. Soy ríos de lodo seco, soy la llave goteante. Soy arruga de raso, lentejuela de uniforme militar, soy cansancio de palas al hombro. Soy diestra y siniestra, más siniestra que diestra. Soy postes de luz rotos en protestas pasajeras, soy gritos de loros desplumados, soy el dedo que tapa el sol. Soy la tolerancia de mis partidarios, soy política sabrosa de bailes tropicales. Soy harta de bombos y platillos, soy demencia temporal de pasillos de oficinas. Soy alcance y lejanía. Soy postre de restorán japonés. Soy fuego de llama azul, soy bandera de países desconocidos. Soy montaña sin nieve y nieve en la arena. Soy palmera que toca suelo, soy raíz seca. Soy cimientos de tempestades, soy desierto de cactus vacíos. Soy mochila de viajero y errante filósofo amante de Platón. Soy limonada de naranjas, leche con tunas. Soy espina blanda, espiga áspera. Soy la abuelita inubicable, soy el campo de medusas eléctricas. Soy escriba fariseo, soy judío traidor. Soy populacho calienta el sol, soy mal hombre blasfemo. Soy dios del ocaso (he oído por ahí), soy impalpable tumor. Soy Olimpo vacío, soy temor al agua torrencial. Soy rueda que no avanza, soy cáncer que no se anuncia. Soy muerte lenta, dolores rápidos. Soy venganza, soy compasión. Soy carrusel añejo, soy las colinas de greda que destellan espinos desbordados de semillas. Soy mostaza descompuesta, soy apéndice a punto de estallar. Soy la desorbitación de los ojos, el terremoto cubierto de helado de piña. Soy cumbia que relata pasiones prohibidas, soy mentira y verdad omitida. Soy esclava de mis pudores, soy cerrada de nuevos conocimientos. Soy hambre. Soy perecedera. soy matanza, soy genocidio, Soy hombre despreciable, dictador de pueblitos aledaños. Soy ciudad llena, soy bosque inalcanzable. Soy calidez estructurada. Soy el abrazo que nunca se dio.

domingo, 18 de mayo de 2008

Femme Fatale

Ese día sería su primera cita. El era un hombre temeroso, nunca lo había intentado antes. La conoció en un bar, un poco pasadito de copas, ella se sentó a su lado. Intercambiaron historias hasta las tantas de la mañana. Ella en una servilleta escribió su número, sin embargo no le gusta que la contacten, a ella le gusta aparecer en el momento preciso. Ella sabía que él la necesitaría, lo vio en su mirada triste. Ha estado con tantos, si se hablara de su trabajo seguramente la criticarían. Ella sabe quienes son los indicados.

El pensó en ella toda esa semana. En la oficina, en la ducha, en la mesa al desayunar, en el trayecto a casa. No podía quitársela de la cabeza. Le atemorizaba la idea de volverla a ver, pero las ansias y la curiosidad eran mayores. Lo seducía la idea de obligarla a verlo, sentía un magro placer, quería seducirla y ser seducido, quería devorarla.

Esa tarde, luego de un día horrible la llamó. Ella le dijo que había sido un error darle su número, que la olvidara, que la vería, pero a su tiempo. El insistió, le aseguró que tenía todo preparado para su encuentro. Había pensado en ella toda esa semana y concluyó que ya no le temía a tenerla en su cama.

La invitó a un motel céntrico de la capital. Ella llegó con un poco de retraso. Le aseguraba que él no estaba preparado, que esperara el momento en el cual debían encontrarse. Mas él estaba preparado.

Nunca antes se había sentido tan extasiado. Bebió champaña hasta embriagarse. El olor de ella lo cautivaba. Estaba seguro que ese sería el día, que ella sería suya.

Ella vistió su atuendo habitual, se arregló el pelo y se quitó los zapatos. El la esperaba sentado en la orilla de ese catre maloliente. Su corazón latía a una velocidad que jamás había sentido. Ella se acercaba y él cada vez estaba más dudoso de su decisión.

Nunca siquiera había pensado en esa situación, pero ya estaba cansado. Era un hombre adulto, era capaz de decidir por sí mismo. El la estaba obligando en contra de su voluntad, pero a ella le causa tanto goce la situación que no desiste.

Se acerca a su compañero y se hinca en su espalda, abrazándolo con fuerza. El se desploma rendido en el suelo, con los ojos abiertos, un gesto de satisfacción y un orificio en la sien. Su mano lánguida dejaba caer en la alfombra roja un revolver caliente.

En un frío cuarto de motel se había encontrado con la única que lo comprendería y saciaría sus deseos. La muerte lo había seducido y le había cumplido. Su primera vez fue deliciosamente la última.

martes, 13 de mayo de 2008

Abril-2006

No tengo más historias que contar, no tengo más recursos que utilizar. Soy un país en quiebra, soy un país desértico que se alimenta de almas errantes. Soy una caravana que acoge seres perdidos en bosques oscuros. No, no soy un país, soy una colonia aún, he luchado por la independencia. Eras tú mi descubridor, mi colonizador y mi libertador. Pero, al parecer, no encontraste riquezas. Quizá te diste cuenta del poco entusiasmo, pero no era así, la ignorancia magna de mi pueblo, de tu pueblo. Todo ya te pertenecía, todo era tuyo.
Confié, cuánto confié, demasiado. A veces, demasiado.
Hubo un día extraño, cuando noté un murmullo. Ese día te tenía a mi lado. Ese día tú quisiste entregarme todo. Ese día nos complementamos, fuimos uno. Qué extraño que hubiese pasado, como si la mitad de mi vida siempre hubiese estado aquí sin yo darme cuenta. Y llega, repentinamente, porque así lo quiere, porque así lo acepto.
¿Por qué pienso que estoy y fui hecha para ti? Como tú para mí. Porque para nosotros las cosas son complejas y en nuestras diversas complejidades somos el uno para el otro. Sí, es muy pronto para estas palabras exageradas, puede ser, y, ¿si fuese así? ¿Te arrepentirías?
¿Por qué te mientes? ¿Por qué te (y me) causas dolor? Tú lo sabes, eso creo, porque yo lo sé. Debo decir: cada pensamiento tuyo es mío, cada sentir tuyo es mío... ¿qué pasa? ¿No lo quieres reconocer? Cierras los ojos, ¿o es que yo no lo quiero entender?
Yo no tengo armas para luchar. Soy un débil reinado que solo se defiende de la conquista. Soy un rey que no se atreve a buscar nuevos horizontes, que no se atreve a conquistarte. Un rey que se aprovecha de su gente, pero no posee el ejército suficiente con el cual salir de su fortaleza en búsqueda de tus horizontes.
Tú, puedes venir y arremeter contra este mundo en pedazos, corazón inerte y robarlo, pues no tengo deseos de luchas en su contra. Sin embargo, yo no puedo ir y cruzar el río de pavimento e invertir las situaciones.
Claro, tan débil soy, tan conformista.
No doy lucha, no me doy esperanzas.
El ser pesimista, payasito triste.
Mar de equivocaciones, actuaciones erróneas.
Hice todo mal. Y me arrepiento eternamente.
Ya no puedo hacer nada, guerra civil en mi corazón.
¿Me retiro antes del disparo en la sien?
¿O me quedo hasta el final luchando?
!Es que no estoy haciendo nada! Quiero que otros intercedan por mí, porque tengo miedo, porque no quiero sufrir.
Más.
Me duele gritar y que nadie oiga.
Revolver con silenciador, disparador de emociones encontradas, explotadas, durmientes, dolientes.
Nada más “please”
Si es dolor, afuera orgullo remediador!!!!

sábado, 10 de mayo de 2008

Ven invierno ven.

Dedicado al joven del sur

El invierno no quiere llegar a Santiago.
Anda esquivo, el egoísta.
Yo lo he esperado, pero ya me cansé.
Me contaron que lo han visto por el sur merodeando.
Ya me lo desmintieron.
Es que él odia el esmog.
Me lo ha dicho un par de veces.
"Pero es que tú debes dejarte caer sobre la ciudad", le he protestado variadas ocasiones.
Mas, no quiere.
Además, como si fuera poco, me ignora.
El sol continúa contento. Se siente popular.
Y no quiere largarse.
"Date vacaciones sol", le grito con impotencia mirándolo a los ojos.
Me ciega el muy descarado.
Ni él se quiere ir, ni el invierno pretende llegar.
¿No séra la solución salir yo en su búsqueda?
Tarde o temprano llegará y yo lo esperaré.
Le brindaré un abrazo a través de sus gotas de lluvia.
Ayyy, la lluvia!
Cómo quisiera que empapara mi rostro.
Cómo disfrutaría que se confundiera con mis lágrimas.
Ni siquiera tengo pena, estoy mintiendo, no quiero llorar.
Y el invierno no pretende llegar a mi ciudad.
Y el cielo marrón nos cubre las cabezas, provocándonos una frente líquida y rostros somnolientos.
"Invierno ven, yo te espero, yo te amo. ¿Acaso tú no a mi?
Quita a patadas este verano eterno.
Siembra sobre nosotros el frío cálido de tu abrazo.
Te espero niño malcríado. Apresúrate".

lunes, 5 de mayo de 2008

Algodones


Como si los días grises trajeran consigo las fuerzas para generar tal fascinación que se vuelve una adicción posarse bajo sus nubes, subirse las mangas y permitirle a ese aire descarnador erizar los vellos.

Las nubes se acercan a paso veloz muchas veces, pero vuelven tan intensa la ansiedad cuando tardan.

Se posan sobre los cerros. Como acariciándolos los arropan con delicadeza. No quisieran, seguramente, lastimarse con los espinos y rasgar su fino envoltorio de algodón de azúcar, para dejar caer sobre nuestras cabezas un llanto desconsolado de dolor.

Cómo atraen esas sombras matutinas. Y es que el sol radiante no se les compara. Esos días grises parecieran venir a provocar retorcijones de estómago como si se viera por primera vez al amor de toda la vida. Llegan tímidos, descalzos para no hacer ruido, se posan al costado y susurran al oído, respirando sobre el cuello desprevenido de su fiel admirador.

Y atraen esos días. Como si se amara la tristeza, la desesperanza. Como si una canción en violín hiciera crujir las cuerdas de éste y destrozara los dedos del artista.

Los días grises, como se asemejan a la silueta de una fina mujer cubriendo sus zonas púdicas con una sábana. Parecieran creados con la misma delicadeza que aquellas cajitas musicales que intentan reproducir una grata melodía sólo con el roce de sus delgadas plaquitas de metal.

Como inspiran esos días grises. A cualquiera inspiran. Bajan esos sentimientos guardados con llave, que sólo se les permite salir a la luz para ese momento especial esperado. Y no es un momento errado, oh no!, es la salida de maravillas generadas desde lo lúgubre y siniestro.

Si los días grises no existiesen, las avenidas bordadas de plátanos orientales se marchitarían todos los atardeceres y dejarían vibras de asesinos seriales deshojados por los rayos del sol. Como ciegan los días grises cuando con espanto reflejan las caras borradas por el pavimento. Que costo desprenderse de ellos.

Y no desean llegar. Y se les extraña. Y se les ama sórdidamente.

Como los días grises parecieran devolver todo aquello que me fue arrebatado.

domingo, 4 de mayo de 2008

ella es Ella

Parada con poco equilibrio, vive atormentada. Posee un cuerpo delgado que quisiera desmenuzar lentamente y dejar sólo aquello que necesita. Camina un tanto encorvada, como un ave zancuda, aún no se explica porqué; sin embargo, nunca ha sacado partido de sus largas piernas, tal vez no le gusten. Tiene una boca pequeña, de labios melocotón, que acompaña una nariz más bien alta y larga. Sus ojos expresan todo lo que ella no siente, los trata de controlar y no lo consigue. Los maximiza llenando sus párpados de maquillaje oscuro. Muchos le han criticado su excéntrico gusto por tonos púrpuras y azules cobalto, pero ella no cederá. Tiene manos pequeñas, cómo las odia. Quisiera llegar al fin de sus brazos con dedos largos, dedos que asemejaran patas de araña y manejaran por sí solas todo tipo de situaciones. Su pelo, difícil describir el abrigo de sus pensamientos. Lo cambia cada vez que puede, tal vez intente ser una persona distinta para cada situación, tal vez solo se canse de ser quien es. Alguna vez fue claro (artificial, sin embargo), otra vez se coloró de verde, en qué habrá estado pensando en su rebeldía adolescente. Hoy es negro, simplemente negro. Corto, cada vez más, no quisiera dejárselo crecer. Es grueso y en exceso de cantidad le entrega un calor innecesario que fácilmente puede sustituir con un gorro de invierno. Su piel clara vive en problemas. Quisiera que fuera más clara aun, pero se contradice tostándola cada verano expuesta al daño del sol. Sus brazos delgados están a la par de sus piernas de pollo. Como tentáculos provienen de hombros huesudos y prominentes. Están cubiertos por pelusas de bellos dorados y sus venas azules se hacen notar como autopistas de gran velocidad. Su vientre se asoma con recato, prefiere mantenerlo bajo las sombras de largas ropas. Posee senos humildes, adecuados a su pecho, a su contextura, que surgen solamente por el hecho de completar su anatomía de mujer. Rosados como pequeños pasteles de crema, tienen la participación que les corresponde. No sobresalen groseramente, sin embargo no pasan desapercibidos. Su cuello largo es cubierto por pañuelos de colores, mas ella quisiera reemplazarlos por cálidos besos.
Ella es todo lo que describo.

sábado, 26 de abril de 2008

El momento que no se espera

Aviso: Se ruega discreción por parte del lector.

Ayer estuve en cama todo el día. No, no estaba enferma, no estaba con depresión, no había ningún problema fuera de lo común. Era un día más en mi vida cotidiana. Sin embargo, era el último y primer día de mi ciclo de 27 exactos.

Cómo me inhabilita este día. Desperté a eso de las cinco treinta de la mañana con un dolor de vientre que solo se compararía con un ataque de apendicitis. No hacía más que estrujarme el estómago y, adoptando una posición fetal, intentaba formar un círculo de calor alrededor de mi ombligo. Sólo soltaba gritos de dolor y trataba de desviar la mente, como si el hecho de no pensar en lo que sentía me haría olvidar tamaña tortura.

Cómo si fuera poca mi mala suerte, el día despertó gris y yo ni pude asomar mi nariz por la ventana. El día más frío y yo deshaciendo en mi cama, sin la oportunidad de adorarlo. Cuánto esperé un día gris y me lo pierdo. ¿No seré desdichada? Bueno, me queda el consuelo que vendrán otros.

Y así, con tanto dolor es que pensé en alguna solución. Yo no entiendo por qué me pasa a mí y a otras no. Algún problema debo tener, supongo. Tendré que preocuparme que cada mes este dolor me recuerde que soy mujer y que esta parte de mi cuerpo que tanto detesto me fue concebida para formar vida.

A eso de las siete mi mamá me prepara un guatero caliente, a pesar de que quemaba mi piel, poco a poco adormecía el dolor. En una posición casi angelical puedo volver a juntar pestaña con pestaña y perderme en un sueño. Despierto de golpe cuando el agua caliente dentro de ese saco de goma deja de surtir el efecto tranquilizador en mi vientre. No comí nada, ni siquiera almorcé. Un par de agüitas de manzanilla hicieron el intento de apaciguarme el apetito. Y volvía a contraerme, hasta disminuir mi cuerpo a su mínima expresión.

A veces quisiera ser hombre. Es extraño que seres tan frágiles como las mujeres podamos soportar con mucha más fuerza y valentía el dolor. Dolor, digo, de cualquier especie e intensidad. Debí haber sido hombre. Sin embargo, el solo hecho de saber que tal vez podré sentir un ser creciendo dentro de mí, me limita solo a agradecer mi género.

No recuerdo cuando comenzaron los dolores agudos. Los tengo presente en mi memoria desde que entré a estudiar al Instituto. Desde esa época, recuerdo muy bien mi inasistencia mensual por el hecho de quedarme en cama para esas ocasiones. Aún se repite el hecho estando en la Universidad. Contadas veces he tenido la suerte (tal vez no será suerte) de que el día exacto se deje caer un día sábado. Qué incomodidad, además, es todo lo que esta situación conlleva. No ahondaré en detalles, no quisiera parecer repugnante.

Y el dolor no llega solo, claro que no. Lo acompañan náuseas inauditas que no tienen piedad de hacerme funcionar marcha atrás la garganta en cualquier lugar donde me encuentre. Y a las náuseas las siguen intensos dolores de cabeza, de senos y, como si fuera poco, el debilitamiento de extremidades. Para qué agregar el desorden que provoca en mi piel. Ay! Así como les cuento, toda la situación pareciera una tremenda desgracia. Y tal vez lo es.

Pero el día ya pasó y me siento mejor. Más que mal he aprendido a convivir con ese dolor cada 27 días.

viernes, 25 de abril de 2008

Cántico

¡Sozegaos insulsos! La mar está brava y vosotros queréis domarla.
Queréis que os tome por la espalda y consuma vuestros sueños.
Encañonada de altas paredes os volverá bebés de cuna.
¿Qué no lo notáis?
Volved donde vuestras mujeres y refugiáos en sus senos cálidos.
¡No os precipitéis!
Porque os digo esta vez: no habrá segunda vez.
Vais y la desafiáis, como si estuviera en vuestras manos su destino.
Lamento deciros que os equivocáis en vuestras convicciones.
Y encabezáis rondas de vigilia y planeáis atacar en cualquier instante.
Las olas rompen sobre la arena en que se han convertido vuestros huesos.
No zarpéis esta noche os digo.
Detened vuestro impulsos malnacidos de vuestras almas muertas.
¡Estáis ciegos!
¡Deteneos!
Mi alma en pena os ve partir.
Tracé malas estrategias y os dejé a vuestras anchas.
Si la mar os vomita, venid a mi con su fructífera pesca.
Pagad vuestros tributos.
Y cantad a la orilla de las espinas deseosas de carne.

miércoles, 16 de abril de 2008

Virarme

Siempre he pensado en "virarme". Ni siquiera irme; virarme. A veces quisiera apartarme de la ciudad y adentrarme en la montaña, sola, con una botella de agua y mi mayor predisposición.
Algunas veces estoy tan agotada de ver las mismas caras, que la idea de tomar un tren hacia ningún lugar se vuelve casi una adicción dependiente que me llama sin cesar. Quisiera llegar a un lugar "cero", donde no exista el pasado, donde no existan conocidos, donde yo no sea nadie, donde los demás sean solo caras anónimas, donde nadie sepa quién soy y quién fui, donde el aire no reconozca mi olor, donde el cielo me parezca más azul, donde las voces parecieran solo murmullos sin claridad, donde vuelva mi esperanza.
Quiero vivarme, tal vez lejos, tal vez cerca. La sola idea de alejarme me parece sabrosa y a la vez me atemoriza. Virarme significaría desprenderme de todo aquello que me sostuvo y quedar a la deriva. Y me ínsita a hacerlo.
Me he puesto a pensar en el momento en que debo hacerlo. En el momento en que debo hacer muchas cosas; ¿cómo me daré cuenta que es el momento?
Y, a la vez, tengo miles de proyectos que siento no concretaré jamás. Y me viene un futuro incierto casi de golpe.
Pero quiero virarme de todas formas, más allá de mis preguntas, más acá de mis respuestas.
Porque estoy agotada.
Porque quiero empezar de nuevo.
Porque quiero ver un horizonte.
Porque quiero volver a soñar.
Sólo queda preguntarme: ¿Quiero virarme a un lugar solitario o a un lugar multitudinario?
¿Quiero desaparecer o quiero que alguien me encuentre?
Solo sé que quiero virarme y ya.
Punto final!





domingo, 13 de abril de 2008

Bitácora de un día tal

Amigo, tú que paseas por aquí, tal vez con entusiasmo, tal vez por respeto o simple curiosidad, quizá te lleguen mis palabras, quizá nada te represente.
Hoy estuve al frío, al sol, con mi vientre más abultado que de costumbre, esperando.
¿Tú sabes amigo, conoces la sensación cuando los minutos se transforman en dardos puntiagudos y tu corazón se disfraza de tablero esperando a aquél que dará justo en el centro?
Y las horas te destrozan las esperanzas como si fueran viles pirañas descarnándote.

¿Reconoces aquél sentir?

Yo estoy aquí ahora, sentada frente a mi computador, tal vez relatándote un momento triste que quizá tú no entiendas. Y tú, tal vez, tuviste un buen día, y ahora, también sentado frente a la pantalla, lees mis líneas que sin mucho ánimo redacto.

Yo estaba ahí hoy, parada bajo el sol. Un sol que por cierto estaba poco generoso, tal vez cansado de estar presente a estas alturas del año. Estaba bloqueada, ¿conoces ese estado estimado lector? Bloqueada.

Es que ni buenas ni malas noticias me hacían reaccionar. Mi mente se negaba a procesar cualquier tipo de información.

Y el sol comienza a descender, ocultándose tras ese edificio que me esconde verdades. Y el frío me cala más los huesos como si fuera cómplice de la situación, empeorando más mis tripas comprimidas en dolor.

La ansiedad la calmo comprando necedades para entretener mis dientes chirriantes. Y espero.

Las noticias vienen y van, como un vaivén sin piedad, que me mece hacia arriba y, bruscamente, por efecto de una gravedad grotesca, me deja caer de golpe. Y yo, como una gota de lluvia, adquiero cada vez más velocidad para chocar contra el suelo, desparramarme y desaparecer consumida por el asfalto.

Debo admitirte, amigo, que mi desliz de emociones desatadas hoy fue causa de mi culpabilidad. Pero yo no pensé que iba sobre una montaña rusa, yo estaba tranquila.

Fuera de costumbre asisto a todas mis clases y esta semana fue así. Tal vez quería negar situaciones y me oculté en la cotidianeidad. Debo confesar que tuve temor y fui cobarde. Pero las noticias eran buenas, no había remordimiento, sólo debía esperar unos días más.

Y mi llanto se desbocó hoy, sin vergüenza, frente a cientos de desconocidos, muchos de ellos felices portando en sus brazos vidas nuevas. Es que una nube se posó sobre mi cabeza. No sobre mi cabeza, delante de mis ojos. Y me cegó y me envolvió en oscuridad. Y mientras mis ojos se empapaban, mis rodillas perdían fuerza.

¿Por qué asistí, hipócritamente, a esas clases que pudiera recuperar en cualquier momento ante una situación que merecía perderlas? ¿Por qué no tomé valentía, esa que mis cercanos y conocidos asimilan a un corazón duro, y corrí a desprenderme de un abrazo cariñoso, de un beso en la frente?

Te cuento, lector, que el texto que tú vez más abajo, que semeja una carta, será derrochada como si, en tiempos pasados, hubiese dejado toda la responsabilidad en las patas de una paloma. Quise imprimirla y enviarla con algún comensal. No lo hice, confieso, por no querer causar emociones repentinas en momentos delicados. Seguro sería así. Preferí reservármela para cuando mi presencia se concretara.

Y aquí me tienes hoy. Escribiendo palabras a desconocidos, que poco sentirán el dolor de mi alma. Mi culpabilidad, sin tener la posibilidad de realizar todo aquello que pretendí

¿Has sentido esas horribles ganas de tomar a alguien del brazo, incrustando tus uñas en su piel para no dejarlo ir?

¿Has sentido el tétrico sentimiento de no poder decir adiós para siempre?

Yo no quiero causarte pesar, amigo. Yo no quiero que te compadezcas de mí. Yo no quiero que compartas mi dolor.

Yo sólo quería que leyeras estas líneas, para tener presente que al menos alguien sabe lo que siento.

Podría continuar describiendo emociones, situaciones, tiempos de angustia, mas nada me hará sentir mejor.

Yo debo aceptar una partida sin adiós. Por más que eso me despedace el alma. Y comprender que no es un adiós, amigo, es un “hasta luego”.

Pido perdón por mi egoísmo desmedido y reprocho mi actuar erróneo, en la espera de una última oportunidad de decir: “Te Amo”.

Espero que de mis palabras tú rescates una enseñanza, mi amigo. Y tengas conocimientos de estos errores vanos.

martes, 8 de abril de 2008

Abueli:

Cuando una piedra se nos cruza en el camino, por lo general la pateamos, tal vez hasta le peguemos un chute asimilando un balón de fútbol. Mal sucede, cuando es una roca. No la patearemos, tememos por nuestros dedos frágiles y el dolor que pudiera causar. Tú la pateaste, abuela querida. Y continuaste tu camino. Nadie nos promete algodón de azúcar al nacer, nadie nos promete un soporte para nuestras espaldas, solo se nos promete aire con el cual respirar. Delante hay rosas con espinas, delante hay muros enormes que detienen nuestro paso, delante hay lobos hambrientos, ¿nos atrevemos a cruzar, o nos detenemos y nos sentamos a esperar? Tú que desgastaste tus manos en ropas ajenas, tú que escondiste a tus polluelos bajo tus alas, tú que temiste, que amaste, que sufriste, que viviste. Tú que el siglo y puños dejaron marcas en tu piel, tú que callas, tú que el sol golpeó tu espalda. Tú sabes lo que es la vida. Tú la conoces y la enfrentas cara a cara. ¿Por qué temes ahora? Esto no se compara a una vida destrozando tus rodillas. No se compara. Es una raya sobre el agua, abuela querida. ¿Crees que sería castigo a esta altura? ¿Y si fuera regalo, lo has considerado? Pon tus ánimos sobre las manos de Dios. Dile lo que quieres, dile lo que le agradeces, dile lo que le reprochas. Dile: "Padre, soy tu instrumento, haz de mi lo que tú pretendas es mejor". Yo te apoyaré. Yo te obsequiaré mi hombro. Yo tiraré pétalos sobre tu caminar. Tú ya has saltado todas las vallas, estás cansada, lo entiendo, solo te pido que des tu último esfuerzo. Aférrate a recuerdos, aférrate al cielo azul, al aire tibio de verano, al sol radiante de la mañana. Aférrate a nuestro amor. No pienses en los errores, no pienses en el dolor. Piensa en ti. Confío en ti. En mi corazón estás, en mi corazón irás. Siempre. No te preocupes. Un regalo hay para ti. Todo fue una broma macabra del destino, diría en este caso, pero solo diré que fue así. Y bien que lo supiste afrontar. Ahora solo te queda comprender.
Te amo viejita querida.
Que la vida nos vuelva a sonreír no cuesta nada.
A saltar vallas.
A vivir.

Maylena

viernes, 28 de marzo de 2008

Mi viaje sonoro

Desciendo rápidamente del gatito azul, es que es una suerte encontrar el semáforo en rojo. Me desvío porque la vereda está cercada con una reja verde infinita. La dejo a ella en el portal de sus obligaciones y me despido con un beso en la mejilla. Desenredo los cables de mis audífonos y emprendo mi dulce travesía. Camino con apuro, no entiendo porqué si el semáforo suele obsequiarme un verde. Cruzo los brazos y observo a los anónimos sobre las micros. Sus caras somnolientas miran a través de la ventana sin horizontes aparentes. Al alcanzar la esquina admiro la majestuosidad del cerro que se expande ante mis ojos. Por un momento desvío la mirada para contrastarlo con la imagen de tres personajes bajo una desgastada frazada azul. Espero con paciencia esta vez cruzar esa calle que me recuerda a momentos al caudaloso río Maipo. Siempre espero, es esquivo ese poste bicolor, siempre me enrostra un rojo. Mi camino continúa con lentitud, doy un salto sobre la rejilla de ventilación del metro, intentando sin resultados sacar la cuenta de cuánto dinero ha arrebatado a descuidados transeúntes. Alzo la cabeza, me distrae ese cerro siempre verde, que conserva tanta historia, tanta sangre en su regazo. Cuento las personas con las cuales lo he recorrido. Saboreo los recuerdos. Me veo en aquel fuerte, luego de haber degustado un refrescante mote con huesillos. Lo dejo pasar, pertenece al pasado. Pauso mi paso, leo con detención los carteles que publicitan música sobre escenarios. Me sorprendo al ver en grandes letras Akineton. Analizo el día, la hora, el lugar ahí indicados. Pienso: “tal vez él irá, seguro irá”, y continúo caminando. Me encanta descubrir, cada día, un centímetro más de esas escalas enrejadas. A veces odio a los jóvenes que con certeza veré metros más adelante, otras no, simplemente los ignoro. Recorro con la mirada ese edificio terminado, el cual acompañé en su nacimiento. Analizo detalladamente si me mintieron, pero no, es idéntico al de la muestra. Alcanzo a esta altura la ventilación de la siguiente estación. Calculo mentalmente cuántas ventilaciones me esperan e intento, sin resultados, sacar la cuenta de todo ese dinero conservado en el fondo. El edificio Diego Portales me murmura su historia. Continúa herido, pero tiene esperanzas. Yo comparto las mías con él. Y luego, otra ventilación. Con ésta tenemos una leve complicidad; vio mis pies acompañados por otro par de suelas de goma. La gente que espera ansiosa el próximo bus me mira con extrañeza. Qué más da, subo el volume de la música de fondo que me acompaña en mi viaje matutino. Al fin he alcanzado ese punto de reunión santiaguina. Donde todas las calles y las alegrías convergen. Allí todos caminan con apuro sin mirarse las caras. A veces acepto el diario que me ofrece una mano extendida. Otras, no quiero saber de noticias ajenas. Miro con malicia las flores que deslumbran de color. Generalmente son pensamientos. Quisiera hacer un angelito recostada sobre ellos, agitando mis brazos y pies al unísono. Me asombro de ver cuánto han crecido esos árboles polluelos. Intento incansablemente de encontrar rastros de sangre vaciada sobre el pavimento, imaginando las historias más trágicas los sábados por la noche. Me digo que asistiré a la exposición en exhibición, pero nunca sucede. Me destroza la imagen de un anciano y su vaso sonajero. Pienso que si dejo caer cien pesos diarios dentro de su colecta, el tendrá dos mil pesos seguros al mes. Pero quedo en eso, en pensamientos. El camino ya se vuelve agotador. No tengo más ventilaciones, han escapado de mí hacia el otro lado de la calle. Comienzo a concentrarme en la música. Por lo general, tarareo los temas sin pudor. Tal vez alguien me mire con vergüenza ajena, tal vez otro se contagie de mi desinhibición. “Ya me queda poco”, pienso, “quiero seguir”. Intento observar cada rincón de ese incógnito convento, pero es egoísta, se oculta de mi. Ya estoy cerca. Busco entre las caras anónimas alguna que no lo sea. Rara vez ha sucedido. Camino por la cuneta de la calle, me gusta desafiar a los automovilistas sonámbulos. La vereda se asemeja a las calles de San Fermín. Llego a mi destino y concluyo: “pucha que me gusta caminar por Santiago por las mañanas”.

martes, 25 de marzo de 2008

Mañana

Hay días en que las nubes quisieran estar pinceladas con óleo.
Hay días en que ese pajarito no buscaría insaciablemente pulgas entre su plumaje.
Hay días en que las estrellas quisieran ser puntos negros en un cielo descolorido.
Hay días en que los cantantes de la micro parecieran grandes celebridades.
Hay días en que el desesierto no quisiera estar tan solo.
Hay días en que llueve, siendo que su temporada habitual aun precisa unos cuantos meses.
Hay días en que el sol pareciera nacer en el mar.
Hay días en que el viento pareciera tener frío.
Hay días en que los ensordecedores ladridos de los perros parecieran canto de ballenas.
Hay días en que no conocería a nadie.
Hay días en que la virtualidad sobrepasaría a la realidad.
Hay días en que los árboles abrazarían a los trauseúntes.
Hay días en que el fuego quisiera acariciar sus piernas.
Hay días en que las piedras quisieran ser de algodón.
Hay días en que el smog quisiera tomarse vacaciones.
Hay días en que las musas ya no inspirarían a artista alguno.
Hay días en que los gatos quisieran quedarse conmigo.
Hay días en que miraría por la ventana y no vería nada.
Hay días en que saldría de improviso y vería más de la cuenta.
Hay días en que los fuertes del Santa Lucía no provocarían dolor.
Hay días en que el Mapocho quisiera recibir a algún desdichado.
Hay días en que las promesas no fueran vanas.
Hay días en que los caminos no tendrían fin.
Hay días en que oír costaría menos que decir.
Hay días en que las hojas parecieran caer del suelo hacia las copas de los árboles.
Hay días en que las mariposas quisieran revolotear en el vientre.
Hay días en que las palabras no generarían sentimiento.
Hay días en que la mente mataría al corazón.
Hay días en que el corazón...

Pero ese día no es hoy.

Impaciente

Si el ser humano no supiera esperar...

No podríamos paladear el rico sabor de un vino añejo.

martes, 18 de marzo de 2008

Conversación


Viendo las noticias vespertinas con mi mamá, comentamos la historia de una pequeña de un poco más de un año que puede distinguir claramente y sin errores las palabras que le ponen frente a sus ojos.
A lo que mi mamá advierte:

- Tú ya sabías leer a los 3 años y yo pensaba que eras superdotada, te habrá pasado algo en el tiempo o me engañé como mamá.

Arremeto enérgicamente:

- ¿Y no te parece que tengo un cerebro bastante desarrollado?

Y claro.
Soy todo un complemento. Puedo resolver problemas fácilmente. Tengo la facilidad de dominar los números, aunque los deteste. Tengo la sensibilidad de poder plasmar mi entorno en una hoja y trazar con el lápiz todas mis emociones. Tengo la facultad de callar cuando desconozco y defender mis opiniones con afán. Comprendo todas las ideas sin dificultad a la primera. Soy capaz de admirar aquellas pequeñeces que otros no ven. Tengo la capacidad de querer sin que el corazón domine la mente. Tengo la facultad de aprender las teorías de otros. Tengo muchas cualidades que muy pocos poseen.

¿Y todo eso será porque aprendí a leer a los 3 años?

miércoles, 5 de marzo de 2008

To the one i love

"Explícale": el por qué de dichosa frasecita


A pesar de toda la alegría que trajiste a mi cuando yo menos lo esperaba, acepté renunciar.Dos años hacían que no podía sentir. Dos años ya habían corrido desde la última vez que me interesé en esta máquina poderosa de la vida virtual y sus desacertados programas de comunicación. Obviamente, dos años que no me interesaba en alguien y no estaba dispuesta a hacerlo, para variar.No esperaba que pasara, tampoco estaba propensa a que fuera así, lamentablemente o favorablemente pasó y punto.Y quién más que tú debiera tener este dibujo que ya no poseo en mis manos y en mis recuerdos. Nadie. En efecto, fue hecho pensando en ti desde que tracé la primera línea, sentada sola en un tercer piso de un edificio sin vida, con la música un poco más alta que lo de costumbre.Me habías dicho que te gustaban los árboles, ¿recuerdas? Impresionante, pensé de inmediato y una sonrisa se bosquejó en mi rostro. Y a mi que anteriormente me habían preguntado si lo único que sabía dibujar eran árboles. Tal vez te estaba previendo.Tenía muchas ganas de conocer a aquel que me hacía sonreír cada noche. Hasta una música especial le tenía para que me indicara cuando él aterrizaba en este submundo loco. ¿Lo sabías? Obviamente no. Es que no quería perder ningún segundo, ni tampoco quería decir adiós.Y ¿Por qué "Explícale"? me preguntaste cuando te lo regalé. ¿Por qué? Porque te rehusabas a nuestro encuentro y miles de excusas tuve que inventar. Quería que ese árbol tan expresivo te diera todas las respuestas a todos tus porqués. Ojala lo siga haciendo. Y te quería conocer.Una vez vi a un tipo en la micro, físicamente se asemejaba al de las fotos que yo había visto y que pretendía ser tú. "Ojala no sea él", pensé, porque no tenía la prestancia que yo imaginaba en ti. Y precisamente ese día surgió la pregunta: "¿Qué música te gusta?" Y tú rebatiste con un: "Me gusta más que me pregunten: ¿Qué música le gusta a un músico?", ¿recuerdas?Y nos conocimos. Algún día tenía que suceder. O tal vez no debió haber sucedido nunca.Estaba nerviosa ese día. Me hice esperar, porque no estaba preparada para el encuentro. Cuando te encontré te vi tan normal, tan poco descriptible, tan típico. Te saludé y tus facciones me pacieron tan fuertes, tan poco asimilables.Caminamos y yo sólo quería irme. Sin embargo, el tiempo fue cambiando las cosas. La tarde se me hizo muy amena y ese día terminé con una sensación agradable. Vaya a saber yo por qué.Y fue para mejor. Todo fluyó sin contenerlo. Y necesitaba verte más, necesitaba aclarar qué estaba pasándome. Sin embargo nuestro segundo encuentro fue el principio del final. Final que llegó lento y con tropezones, pero llegó.Mucho me costó desprenderme de este sentimiento, pero era mejor hacerlo.Hacía dos años no sentía aquella dependencia proveniente de la necesidad de estar ahí, presente para encontrar a alguien. Qué más dan los demás, era solo a ti a quién yo pretendía encontrar.Nunca he entendido por qué las cosas no se dieron. Tal vez porque estaba escrito que no sería así. "Whatever" diría yo en otro caso, pero esta vez no.¿Te confesé alguna vez que rechacé todas las prácticas para este verano, porque tú decías: "queda mucho verano todavía"?Tal vez hice una mala elección, de acuerdo, pero no me arrepiento.¿Recuerdas nuestro paseo por el cerro? Claramente noté, en ese lugar, que pretendías que yo tomara la iniciativa, que yo te dijera que pasaba. Y yo esperaba lo mismo, obvio. Pero las palabras no salieron. Y en ese momento noté tu desinterés.¿Te confesé alguna vez que en aquel librito en el que por primera vez vimos nuestras letras yo pensé por un momento escribirte todo lo que sentía para que lo leyeras en vivo y en directo? Creo que no.Y fue por eso que días después me confesé mediante mail, ya que no te encontré en mi lista de monitos verdes. Me confesé porque noté que no era recíproco y felíz yo hubiera sido con un: "adiós". Sin embargo también surgieron tus confesiones, que fueron para peor.Pero debían ser, debía ser lo que debía ser.Y el destino. Nada es azar, nada es acierto. Todo está hecho por algo. Lástima que tú no lo notes.Y renuncio a ti, renuncio a ti porque te quiero. Creerás que son palabras mayores, creerás que exagero. Pero es cierto.Tomar tus manos fue muy lindo, aunque hubiese sido un instante, aunque hubiese sido en otra connotación, queda en mi la sensación.Y ya no sabrás más de mi, poco te importará, pero es lo que me hará mejor.Te dejo libre, te dejo seguir con tu vida. Yo fui un segundo que se olvida rápido. Un segundo sin la más mínima importancia.Y porque te quiero renuncio a ti y me quito de tu camino.Ojala ese alguien indicado que tú esperas, llegue. Ojala seas tú el indicado para ella, la que llenará tu corazón. Y si ese alguien que lo llena existe, entonces no dejes pasar más el tiempo.Renuncio a ti, aunque duela y renuncio a todas mis ilusiones, todas mis presunciones de futuro contigo y todo aquello que solo se formuló en mi mentecita.Pudiera decir muchas y tantas cosas más. Pero qué más da si de nada servirán.

lunes, 3 de marzo de 2008

Espera/Desespera

Veía las parejas pasar con demasiada paciencia, demasiada pensaría aquella señorita, porque al rato ya se habría cansado de ver esas imágenes, para ella paganas, de enamorados tomados de la mano caminando sin destino aparente.
Dobladas sus rodillas sobre ese banco de parque ansiaba su llegada. Atrás de ella una enorme palmera le otorgaba una fresca sombra y el pasto húmedo un aroma que la adormecía. Hacía un tiempo ese pastó lodoso la cobijó bajo la misma sombra de la solitaria palmera y el abrazo de su amado.
Hoy vería pasar jóvenes en bicicletas y ancianos dando de comer a las aves del lugar.
Ya no siente pena, ni angustia. Solo espera.
Tiene un corazón latiendo, no sabe por qué. Tantas veces se ha desilucionado de tantos. Claro, diría ella, la desilución solo provenieve de una ilusión muerta, sin ilusión no hay desilución.
Por los caminos ficticios de aquel parque ella caminó con aquellos. Aquellos los llama ella, porque sus nombres han desaparecido.
Compartió momentos, compartió besos, compartió risas...
Ha amado a aquellos, claro que los ha amado, de distinta manera, cantidad diría ella, y distinta intensidad, pero los ha amado.
Hoy quisiera ser una de esas jóvenes que comparten su mano ligada a otra. Pero no lo es.
Ella está amando al viento. Amando sobre un acantilado hacia el mar. Amando sobre una montaña sobre las nubes. Amando en vano.
Ella lo espera, mas el no llega. ¿Por qué no llega? ¿Hasta cuánto habrá de esperar?
No llegará. Por más que ella espere. Por más paciencia que ella tenga, por más que ella lo desee con todo su corazón, no llegará.
Lástima, diría ella, no se dio la oportunidad.
Mas, ella lo ama. A aquel que le ha dado vuelta el rostro.
Sin embargo, el pasto lodoso huele tan bien, las aves cantan tan bello, el sol sonríe con ánimo y su amado llegará. Solo con otro nombre, pero llegará.
¿Cuándo?

sábado, 1 de marzo de 2008

Un segundo

Y tú piensas en tu futuro, idealizas ideas tontas, te defraudas, sufres, ríes, lloras. Te reprimes por cosas sin sentido, hablas banalidades todo el día, te preocupas de superficialidades. Crees que te pasó lo peor, crees que nada cambiará. Planificas tu futuro, tal vez lo consigas. Te consume la envidia, la codicia, la pasión, la ira, la rabia, la alegría, la pena. Eso es la vida. Sin embargo, todo lo que planeas, un futuro próspero, un futuro distinto, un mañana... ¿sabes si estarás mañana?

Qué extraño es despertar con una llamada telefónica que anuncia muerte. No importa quién sea el desdichado o dichoso (vaya uno a saber), sólo aquello que te comunican te pone los pelos de punta. Te llegan imágenes, como un flashback, de esa persona. Piensas en que el momento puede ser cualquiera.

Y te pones en el lugar.

¿Y mis planes?
¿Y mis quejas?
¿Y mis dudas?
¿Y mis sueños?
¿Y yo?
Etc.

Pablo, eras muy buena persona, solo Dios sabe porqué te llevo tan pronto, tal vez le seas útil, tal vez este mundo no era para ti. Es tan raro pensar no verte más. Es tan raro pensar que te fuiste en un segundo y no volverás más. Tal vez seas dichoso de no sentir dolor jamás. Tan luego... tan pronto. Tanta vida te esperaba por delante. Estuviste un segundo, sin duda. Espero que ese segundo haya sido lo suficiente para ti. Descansa en paz y cuida de nosotros donde estés.


...

viernes, 29 de febrero de 2008

El que nada sabe... nada teme, claro

él no sabe cuánto tardé
él no sabe cuánto costó
él no sabe

él no sabe cuánto pensé
él no sabe cuánto reí
él no sabé cuánto lloré
él no sabe

él no sabe cuánto costó
mierda!
claro que no lo sabe

él no sabe cómo dolió
él no sabe cuánto tardé
él no sabe cuánto costó
no, no lo sabe

entonces...
¿cómo podría saber él:
lo que siento,
lo que duele,
lo que mata?

martes, 1 de enero de 2008

Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic Image and video hosting by TinyPic