" No le estaba permitido ser a la vez inteligente y mujer. Captaba muy bien que ni su carácter independiente ni su nivel cultural gustaban, sabía que con su físico esbelto y bien formado sería mucho más popular con los hombres si se limitara a sonreír, sin hablar cosas de fondo. Los hombres las prefieren gansas".

lunes, 25 de agosto de 2008

A-Marte

Acá escapé, ilusionada sobre una nube no paré. Acá estoy, sentada sobre una roca, y mis ojos y mi boca miran el infinito que jamás alcanzaré. Ok, ok, en Marte desperté. Lo reconozco. Vi bosques y desiertos al paso que daba un paso. Me elevé, me elevé. A medida que el oxígeno se hacía escaso, el corazón sin marcapaso latía más fuerte. Al planeta rojo llegué y con tantos miedos de quemarme… y de quedarme. El cielo no es gris, se completa de arreboles rojizos y sueños enfermizos. Yo callo. Alguien allá al frente me grita de repente: “Acá está la Tierra, que no vuelen tus pies”. Enraizados estaban, claro, cubiertas de maleza y miel. De hiel. Bien puestos sobre la tierra, tierra negativa y atómica, peste de plaga, plaga de pestes, con cielos celestes que se apagan. “Acá estoy bien”, respondo, casi incoherentemente, es que jamás había dado si quiera un salto en que me soltara la gravedad presente. Y ahora estoy ausente, a ver si alguien me extraña.
La otra mañana eché una miradita. Nadie me devolvió el gesto, como si fuera protesta, con mi sonrisa propuesta, viré el rostro. Los gases me adormecían, más yo soñaba. Ya no estaba allá, sentía temor, claro, no quería quedarme siempre, la falta de aire y suelo, me quitaban consuelo de saber quién soy. Quién fui, tal vez. Tormenta de arena. Y me ciego. Bueno, acá huí, de lo que me ata, me mata.
Nunca había estado tan lejos. Un par de veces me invitaron a la Luna, y yo desnuda me dejaba querer. Marte está tan lejos dije esa vez, tal vez ni lo conoceré. Mi cuerpo liviano en la Luna me desesperaba, estaba atada al suelo seguro, cerros y montes de humo que cada día consumo sin contemplarme. Hoy estoy en Marte.
Recorro canales y desiertos, huyo de huracanes violentos, duermo entre los cráteres. Y no me siento bien. Las lluvias de meteoritos golpean muy fuerte, trato de mantenerme sin alimento, pero lo que siento siquiera se compara a lo que dejé allá en mi aposento.
Las noches están llenas de símbolos acá, de seres mudos que gritan caracteres que los ciegos jamás podrán comprender. Ayer vi un par de nubes queriendo formar aves sin escrúpulos que mediante su unión forjaban miedos y sinrazones, corazones sin esperanza.
Acá estoy sola, volando. A veces ando. Otras paro. Ni siquiera tengo sombra acá, como si fuera relevante, es que nadie conoce la soledad de quién no tiene amparo sobre el cual acogerse. Supe de repente que ella me llamaba, desde allá, el suelo de mi tierra que me detiene.
No estoy conforme, tal vez debería continuar en Júpiter, patinar sobre Saturno, dejar de respirar en Urano para caer en un coma profundo en Neptuno y dar alientos de vida en Plutón. No puedo. No puedo alejarme más de mi suelo. Me llama, me tira. Es que ya estoy muy lejos y me espera.
Tomaré una estrella fugaz de vuelta, dejaré estelas en mi camino y una que otra lluvia de meteoritos que quizá nadie notará. No, mejor me desvanezco en una aureola boreal verdosa, encandilo a las osas que pronto parirán y le pido a la gravedad que me haga caer donde siempre debí estar. El suelo.
Tal vez pude haber narrado algo sobre mis castillos, piedra sólida, arena de mar tropical. No. En Marte estoy y quiero volver, pero… ¿y si espero unos días más?
Ok, ok.
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