" No le estaba permitido ser a la vez inteligente y mujer. Captaba muy bien que ni su carácter independiente ni su nivel cultural gustaban, sabía que con su físico esbelto y bien formado sería mucho más popular con los hombres si se limitara a sonreír, sin hablar cosas de fondo. Los hombres las prefieren gansas".

domingo, 20 de octubre de 2013

Mi primera cita

Estaba nerviosa, no lo puedo negar. Era mi primera cita con él y me preparé para que me encontrara en perfectas condiciones. Me bañé y luego usé el perfume que mi mamá guarda en su tocador. Es caro, pero traté de que no notara ni el olor ni la cantidad que bajó del envase. Así que tomé mi bolso y le dije "chao mamá" desde lejos. Ella sabía que me juntaría con él, no creo que mi impertinencia le molestara.

Pedí un taxi, tenía que llegar a la hora. Sólo conocía su nombre, pero no nos habíamos visto antes. No sabía como sería, ¿apuesto? ¿Alto? ¿Bajo? ¿Moreno? ¿Caucásico? Me daba igual, sólo quería llegar y verlo.

Bajé del taxi con descuido, por lo que la delgada gasa de mi falda se atoró en el asiento. Tiré de ella fuertemente, por suerte no tuve mayores consecuencias. Vine todo el camino pensando en el momento en que vería su rostro, mientras el taxista hacía preguntas y comentaba acerca de los personajes que veía pasar. ¿Le sonreiré? ¿Trataré de ser seria? ¿Le podrá molestar? ¿Cuáles serán mis primeras palabras y cuáles las suyas?

Ingresé al edificio y tomé el ascensor rápidamente. Tenía anotado el piso y el lugar donde me esperaría. Yo sabía que no debía preocuparme, que todo saldría bien. Esperé unos minutos, sentada impaciente, de verlo, de conocerlo. ¿Sería como lo imaginé?

De pronto oí mi nombre y supe que era él. Me llamó a lo lejos, pero conocía mi nombre perfectamente. Yo también sabía el suyo. No era precisamente lo que esperaba, quizás tenía unos cuantos años demás y unos centímetros de menos, "¡qué más da!", pensé. Así que me levanté de mi silla, procurando que el problema con mi falda en el taxi no fuera demasiado notorio como para que él pudiera divisarlo. Todo debía salir perfecto.

Nos sentamos frente a frente y nos miramos. Yo sonreí. Sí, es cierto, no pude parecer seria, me traicionaron los nervios. Hablamos de la vida, aunque claro, él hacía las preguntas y yo me limitaba a responderlas, extasiada de sentir que tantas cosas le interesaban de mí.

Hasta que hizo la pregunta que estaba (o quizás no) esperando: "Esta es tu primera vez, ¿cierto?". Una nube nubló mi menté, mis mejillas y todo mi rostro de tornó escarlata, mis manos comenzaron a tiritar. Ya no sabía qué decir.

Con calma tomó mi mano y me dijo: "no te preocupes, todos tenemos nuestra primera vez, no pasará nada malo". Mi corazón se detuvo cuando me pidió que me recostara, un tanto con la mirada, otro tanto con su cálida voz. Estaba petrificada, pero tan feliz.

Procedí a recostarme, aunque no entendía que estaba haciendo. El me ayudó con mi cabello y acomodó suavemente mi cuerpo, tal como él deseaba que estuviera. Levanté mi falda y lentamente bajé mis calzones. Mis piernas temblaban y mi corazón latía como una locomotora. Cogió cada una de mis piernas y las abrió como si fueran dos raudas antenas que necesitaban sincronizarse. Puse mi cabeza hacía atrás y comenzó.

Sentí como él tenía ganas de hacerlo y sin decir nada, yo me dejé llevar. Sus movimientos eran tan finos, sentí sus dedos cálidos dentro de mí. Con suaves masajes intentaba encontrar algo que yo no sabía estaba allí. Tocó partes sensibles, que me prohibían contenerme.  Cerré los ojos y esperé que terminara. Me sentí plena, llena de dicha, alucinada, ¡a punto de explotar!

En un momento ya todo había terminado. El dijo que todo estaba bien, que la situación no era nada de temer. Sólo lo miré fijamente a los ojos, queriendo agradecerle el momento que pasamos juntos.

Volvimos a sentarnos frente a frente, ahora con más confianza, más serenos, cómplices. Me pidió que repitiéramos nuestra cita cada seis meses, que no había necesidad de vernos con mayor frecuencia, a menos que yo expresamente lo quisiera así. El, claro está, no tenía problema alguno en verme cuando yo quisiera, sólo tenía que planificar las citas.

Me paré lentamente de la silla y procedí a besar su rostro, él fríamente estiró su mano.

" Hasta pronto", me dijo.

"Gracias doctor", respondí.









jueves, 29 de agosto de 2013

¿Cómo doblarle el brazo al destino? ¿Doblárselo, rompérselo, quebrárselo, dejarlo manco? ¿Es tan fácil como muchos señalan? "Oye, pero dóblale el brazo al destino, está en ti no más, juégatela". Mmm, no sé la verdad.

Si caigo en un transfondo demasiado espectacular estaría casi blasfemando tonterías de amistad. Hay buenas y malas percepciones respecto a un camino. De todas formas, todo tiene un verdadero sentido y está demás aclararlo, cuando se conoce claramente cuál es y de dónde proviene.
Da lo mismo ahondar demasiado en subjetividades, pero es necesario realizar la actividad de soltar malas vibras y a veces descargar energías que caen sobre los hombros, como lluvia de meteoritos galácticos.

La Monosílaba

Desde un tiempo hasta ahora digo poco y nada. Vaya a saber porqué.

¡No soy Morgan Freeman!

No soy Morgan Freeman, ¡diantres!, no lo soy.
¿Qué le pasa a este hombre? ¿Cree que su guión me dejó pensando? ¡Falso!
No soy Morgan Freeman, anciano, buscando una playa desértica de la costa de México luego de años tras las rejas.
Te dije Dios, "yo no soy Morgan Freeman, ¡maldita sea!".
Pero sí soy lo que representa.

Aquí estoy hoy. Soy un zombie, un reo que ha cumplido su condena.

sábado, 15 de octubre de 2011

Cristo no muere

Cada día, una y otra vez, en cualquier parte del mundo, lo volvemos a matar. Cada día, una y otra vez, cada minuto El muere. El muere y resucita al instante para volver a morir por nosotros. Nos mira desde lejos y baja... y se inmola. Cada día, una y otra vez muere por nosotros.

Despierta agotado y se entrega. Lo predice, pero aun así se entrega. Muere por nosotros en cada paso de nuestras vidas, resucita y vuelve a morir. Revive.

Cada vez que tu mente genera malos pensamientos y los practica, cada vez El muere.

Cada vez que eres egoísta, cada vez que piensas en ti mismo, cada vez que duermes caliente en tu cama mientras el otro muere de frío, El también muere.

Cada vez que la impotencia te ciega, cada vez que deseas venganza, cada vez que tomas la justicia por tu manos,, cada vez El también muere.

Cada vez que das vuelta la espalda, cada vez que miras bajo tu hombro, cada vez que te escondes en seudónimos, en estandartes, en falsas jerarquías, cada vez El también muere.

Cada vez que hieres, cada vez que tiras la piedra y escondes la mano, cada vez que lapidas, cada vez que no ofreces tu otra mejilla, cada vez El lo hace por ti, porque El también muere.

Cada vez que rechazas, cada vez que ignoras, cada vez que no das el paso, cada vez El te espera que lo acompañes, porque cada vez El estaría dispuesto a morir por ti.

Cada vez que sangras, cada lágrima que lloras, cada vestidura rasgada, cada golpe, cada ira, cada día, El muere en silencio.

El muere cada día, contigo sufriendo, contigo infringiendo dolor, contigo infringiendo muerte, El muere contigo, El muere por ti, El muere por tu causa. El muere porque no piensas, El muere porque sientes y porque no sientes, El muere porque no aprendiste nada y El muere porque quisiste saber todo. Y seguirá muriendo.

Porque cada día es un día nuevo, El nacerá para morir. El se entregará por ti. El sabrá lo que haces y lo que no haces y a diferencia tuya no juzgará, se entregará por ti.

Como el amigo que da la vida por el otro, el volverá, una y otra vez a morir por ti.

El sabrá cada paso que das y en el momento que tropieces, El dará su vida por ti.

Su cuerpo y su sangre dará por ti, como en un banquete. Y te dirá que lo disfrutes porque lo hace por ti. Y cuando lo llamen a causa tuya, silenciosamente volverá a morir por ti.

El te perdona, porque muere por ti. Cada día, el cualquier parte del mundo, El muere por ti. De hambre, de dolor, enfermo, preso, pobre en la calle, sin deseos de vivir, El te da la oportunidad de morir por ti.

Si El muere cada día, una y otra vez por ti, ¿por qué no vives un poquito por El?

jueves, 2 de junio de 2011

Todos somos iguales

Todo comienza cuando cumples una meta y te replanteas qué sigue luego. Te detienes y miras a tu alrededor y concluyes: "bajo esta experiencia, ¿he adquirido yo más valor? ¿Puedo decir que algo ya me hace superior?". Inclusive todo aquello que como seres humanos nos da valor, nada de eso nos hace superior. Se entiende que todos nacemos de la misma forma y vamos a llegar al mismo destino, entonces, ¿por qué algunos creen tener superioridad sobre otros?

Bajo el planteamiento de aquella superioridad, yo distingo que no soy superior a ustedes ni al resto, ni a quién podría leer e inclusive a quién no podría leer estas palabras. Saber más no me hace superior, tener más no me hace superior, nada hasta el momento, he concluido, me hace mejor.

Entonces, yo no soy mejor que usted ni que aquél, tampoco mejor que ellos. Pensamos y meditamos qué nos hace humanos y no hay nada en estricto rigor que faltase que nos quite la calidad de humanos. Pero, según corrientes religiosas, filosóficas e incluso económicas, sí, somos superiores. Y nos gusta enrostrar que somos superior y que tenemos dominio sobre el otro sin importar quién sea ese otro.

Luego, yo me detengo y miro, ¿de qué podría ser yo superior si lo que sé y lo que tengo no me hacen superior? De ellos. Pues no, definitivamente no lo soy. De hecho, soy inferior, porque no tengo un propósito en la vida, porque no sé para que estoy ni para qué, en un futuro, estuve. Ellos sí lo saben y ni siquiera lo razonan.

Por tanto, me defino animal, con los mismos instintos, con las mismas reacciones químicas, físicas y neuronales que ellos, soy animal. Un animal con razón, por cierto. Ahora, claro, como yo no tengo un supuesto propósito en esta vida ni tampoco tengo superioridad alguna, cómo determino qué rol cumplo en esta sociedad multi especie, cómo, aun más allá, tengo el derecho a situarme en cierta posición de la cadena alimenticia. Ejercimos nuestros derechos, pensará la gran mayoría. Sin embargo, ¿Hasta qué punto mis actos perjudican a otros, desequilibran el perfecto equilibrio natural? Es tal el punto de nuestra galaxia centrada en nosotros mismos, que los actos se ejercen por derecho, suponemos "natural", basado en la maravilla de razonar. ¿Y ese razonar qué implica? Que al menos podemos determinar las consecuencias de nuestros actos.

Físicamente ellos son iguales que nosotros, poseen una infinidad de terminaciones nerviosas, sienten miedo, ansias, pena, cansancio, alegría, tienen un corazón bombeante y, me atrevería incluso a decir, un alma con el cual llevan a cuesta una vida. Pero suponemos que no tienen razón. Y yo concluyo teóricamente, que esa razón les permite mantener el equilibrio, un equilibrio en el cual nosotros intercedemos.

Así, comerlos, aprovecharnos de sus "supuestos servicios", incluso, domesticarlos resulta la causante de exterminar ese preciado equilibrio. No hay necesidad de imaginar lo que significa extinguirlos. Porque no tenemos motivo para estar acá o el motivo que alguna vez tuvimos lo perdimos. Entonces, creemos hacer lo correcto porque somos superiores, superiores a ellos, superiores a nosotros mismos.

Yo no puedo justificar la necesidad de ser superior, no la necesito, prefiero vivir en armonía e involucrar mis actos lo menos posible en la perfección. Yo soy una más, un animal más, uno que razona y si yo puedo razonar lo más justo es hacerlo desnuda ante todo prejuicio.

lunes, 28 de febrero de 2011

Todavía me pregunto porqué nos hiciste tan distintos.
Porqué nos alejastes con kilómetros extensos de montañas, climas e idiomas.
Yo trato de entenderlos a ellos, ellos quizás ni siquiera se cuestionan por mí.
Pero yo trato de diluscidar qué querías, qué esperabas.
Me pregunto y me pregunto; y qué gano con contestarme.
Yo no entiendo tu afán, sinceramente no lo entiendo.
¿Nos pusiste leyes? ¿Leyes que sólo algunos seguirían en la infinidad de mentes que creaste?
Yo me pregunto todos los días porqué llegas tan afanosamente a algunos y a otros no les soplas ni los vellos.
A mí me parece extraño, muy extraño.
¿Y por qué tendrías que odiar al resto?
¿Es cierto que nos dejas a nuestro azar?
Yo me pregunto y te envuelvo en preguntas y cada día te posiciono otra y sé que pregunta tras pregunta jamás podré llegar a encontrarte.
Tanto mundo nos hiciste, pero mentes tan pequeñas.
¿Cuál fue la necesidad de darnos conciencia? ¿Crecer?
¿Por qué me permites preguntar?
Yo los miro y no entiendo.
¿Cómo nos podemos poner de acuerdo? Yo te pregunto, tú me respondes.
Yo trato de entender la naturaleza de tu creación, veo tus causas y sus efectos, entiendo tu perfección, pero aún así, no entiendo la finalidad.
¿Existe justificación realmente?
Quisiera tener una tan extensa comunicación contigo, emisor y receptora.
Intentémoslo.
Yo sigo averiguando, sigo preguntando, sigo uniendo cabos y Tú, Tú vas respondiendo, de acuerdo a tus sutiles recursos.

lunes, 24 de mayo de 2010

Útero seco

No voy a parir, le declaro al mundo que no pienso parir.
No, por mi entrepiernas no saldrá una cabeza sangrante, porque no se engendrará el ser que la porte.
No voy a parir, porque no quiero.
No voy a traer a la pudrición un ser inocente para moharse dentro del cajón.
No le traspasaré ni mis miedos ni mis frustraciones. Simplemente, no lo traeré.
Para que pase 5 años de su vida siendo un solitario estorbo, distante de sus padres, a los que tal vez podrá ver 3 horas al día, porque mañana hay que levantarse temprano y empezar de nuevo.
No, no tendrá que partir en su plena inocencia a agotar sus energías con una pseudo educación que sólo lo pulirá como esclavo de otros que lo querrán machacar.
No, no pienso parir, ¿y qué?
Para que luego se convierta en un zombie viviente que debe agachar la cabeza y lamer culos porque necesita comer, porque el mundo le insta a consumir más de lo que él mismo necesita, porque ya se le crió para ser esclavo en un sistema que le fue consumiendo el alma lentamente, sin que él mismo lo notara, para cuando sea demasiado tarde no pueda poner marcha atrás, porque ya se subió al tren de una sola línea.
Y así he decidido que no pretendo, pienso, ni quiero parir.
No andarán mis genes repartidos por allí.
Qué bueno, podré descansar en paz.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Héroe épico

Viniste de lejos, cruzaste océanos, mares, ríos, montañas, desiertos, selvas, caminos y pedreros. De tan lejos viniste. De tan lejos con espada en mano.
Cepillaste el cabello blanco de tu caballo, pusiste sus monturas y te atreviste a emprender el viaje.
No había consuelo en mi corazón, no había compañía junto a mi piel.
Tú no lo creías posible, la piel te ardía con el sol y la sal te había quemado los labios. Te esforzaste tanto por algo que ni siquiera creías fuera real. Tu caballo venía contigo.
No era fácil el camino, no era fácil el destino.
Tejía enormes mantos con mis miedos, los zurcía
de temores, para esconderme luego bajo sus ropajes y no sentir el fuego que él expelía.
Tomaste valor, claro que lo hiciste. Cabalgaste hasta los pies del castillo y no titubeaste en subir peldaño tras peldaño para alcanzarme.
Las paredes eran altas, los puentes estaban corroídos por el óxido.
Mas no te importaba, estabas cubierto de una pesada armadura forjada de valentía.
Yo no te veía, cómo hacerlo si me tapaba un muro de piel y colmillos.
Pero sentía tu cálido abrazo cerca.
Ese dragón no sabía. No sabía que el amor se consigue con amor.
Encerrar princesas no es la solución a su soledad. Ellas deben correr a los brazos de sus príncipes.
Atemorizan con llamaradas de fuego, lanzan odio por los orificios de la nariz. Te amedrentan con sus colmillos. Pero tú confías.
Las princesas confían en sus príncipes, en sus liberadores.
Tú corriste con tu espada. El te hirió el costado, perforó tus costillas, quebrajó tus huesos.
El hizo arder tu piel en llamas, él gozó de tu desdicha.
Pero eres fuerte, tu corazón no cede. Yo sé que no cederá.
Mientras todo se veía destruido, tú renacías de las cenizas, yo escuchaba tus latidos.
Rápidamente corrí a la ventana y vi tu silueta vigorosa en pie.
El daba su lucha, sus últimos alientos para derrotarte.
Tuve mucho miedo, siempre tuve mucho miedo. Las doncellas no acostumbran luchar con dragones sedientos de amor.
Até las mantas que con tanta
desilusión tejí y me atreví a saltar la cobardía.
El viró su mirada hacia mí. Me mordió una pierna y rasgó
mi cintura, pero tenía fuerza.
Escupió el fuego más hirviente que pudo dar con sus pulmones alquitranados y logró rizar mis cabellos.
Pero alcancé tu regazo,
olí tu cuello, besé tus labios. Tomaste fuerzas y le diste un certero espolonazo en su agrio corazón. Muerto.
Bebí de tu sed, tomaste mi alma y la
resguardaste en tu cofre. Te di todo lo que tenía y que nadie pudo arrebatar ni podrá jamás.
Te amo con la fuerza de mi Espíritu.
Y en cada epopeya épica yo cantaré tus cánticos. Yo soplaré fuerte a la distancia, para que la brisa danzando con tus cabellos te recuerde que estoy allí.
Te amo

domingo, 18 de octubre de 2009

Se habían ido corriendo a ver si alcanzaban el tren. Ella sollozaba más de la cuenta, porque su barriga pesaba más de la cuenta. Cantaba y danzaba a pasitos cortitos para olvidar aquella situación.
El le metía la mano por la nuca y jugaba con su pelo. Era relativamente corto, porque extrañamente se le había estado cayendo más de costumbre.
Estiraba sus brazos e intentaba penetrar los ojos brillantes de frío con que él la miraba.
A veces terminaba sentada sobre sus rodillas, cuando él la protegía en su regazo.
Aquel día no lo hizo.
Ella no pudo retirar el pañuelo que guardaba en su bolsillo, tuvo que hacer uso de sus mangas.
El ya había puesto todo el peso del bolso sobre sus hombros y soltaba su mano.
Algo dentro le dijo que volvería.
El no estaba seguro.
Aquella noche no durmió y tal vez no dormiría las siguientes noches. Su rostro en el vidrio era una imagen perpetua.
El le dijo: Te amo Amalia.
Ella gritó: Yo te esperaré.
Nunca más olvidó el sonido de la máquina partiendo. La guerra se lo arrebató allá a lo lejos, donde el tren lo había desovado.

jueves, 24 de septiembre de 2009

La extraña enfermedad

A veces escupía sangre por la boca y otras tantas un fuego amarillento pálido que no se alcanzaba a percibir como excremento a pesar que creyó que las naciones se habían unido su casco ya no le protegía de las náuseas que recorrían sus extrañas y le hacían caer de rodillas sobre sus vestimentas púrpuras como la misma sangre que expelía a chorros y otras veces no tanto sin taparse la nariz.

Había cortado un par de flores tal vez para regalárselas a alguien que tal vez olvidó también para conservarlas como le había conservado tal vez la amistad de aquellas noches calurosas sobre el heno que masticaba el caballo que los había oído sollozar tantas veces y otras tantas gemir de placer.

No entendía que hacía que su piel se llenara de escamas descascarándose más rápido de lo que secaba sus lágrimas que alguna vez desechó para nunca más cerrar la llave con la que terminaba de expeler risas y gritos de sangre por la boca sangrante.

Había recorrido distancias enormes para encontrarse con lo que tanto esperaba desde hacía décadas y siglos para determinar que dónde había llegado finalmente no era más que el principio de un camino que no tenía perspectiva alguna de terminar más allá de los vellos de sus brazos brillantes y dorados como el sol que le golpeaba la cara generándole una carraspera que no paraba a pesar de escupir toda la saliva sangrienta que llenaba sus amígdalas.

Esa tarde no comprendió porqué las aves volaban hacia el sur buscando nidos desechos por el viento ácido que le había quemado el casco y devorado sus cabellos nítidos como el reflejo que en ese mismo instante producía el riachuelo con el que llenaba su cantimplora de recuerdos y canciones tatareadas por su abuela.

Recordaba sus huesos retorcidos por los tan ansiados bailes donde le veía tal vez con alegría tan vez ni le veía aunque sólo sus hijos se mantenían cuerdos sin poder pestañar porque el fuego ya le había eliminado por completo los últimos pelitos que dejó el invierno.

Vamos a seguir adelante porque no nos puede detener un bus en su estación esperando el cambio de turno ni porque las encías se deshacen mientras los colmillos crecen hasta romper los labios que tanto han besado quizás tan poco que la lengua no ha conocido sabor alguno a derrota ni compasión ni amor dicen.

No pretendía deternerse ahí porque tanto había luchado para terminar lo que tantas lunas le había costado a la espera de que llegara y llegó un día que no esperaba pero esperaba tanto que las ansias le carcomieron las entrañas impidiéndole generar vida cuando la vida se anida en lo más profundo de su ser.

No ha de desesperarse pues las medicinas curan llagas de tormentos y diluyen la sangre que se coagula por allí en alguna que otra venita que pretende explotar cuando las balas cruzan apenas la piel de reptil.

Acá está su cuerpo ya sin vellos ya sin piel y sus entrañas deseosas de espera que tal vez serán vencidas por algún veneno de araña mosca pájaro ave nube cielo azul luz y noche.

Canta feliz las dichas de tener sangre.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Así como así:

Hoy es la Tigresa del Oriente.








Mañana no continúa felina.

miércoles, 3 de junio de 2009

La que calla

La que calla no es muda, sólo calla.
Muchos se han preguntado porqué no emite palabra alguna.
Sólo omite.
La que calla traga y retiene. La que calla no suelta.
Ahí está sentada en su banco habitual, mirándonos a todos pasar.
La que calla no dice hola.
Mucho menos se despide.
La que calla no logra soltar gaviotas de su garganta.
La que calla las devora.
Ha callado siempre, me causa temor.
Tal vez un día grite una bomba nuclear, he pensado.
Pero se ve tan serena.
La que calla pareciera no tener otro sentimiento más que el silencio.
La que calla asume.
La que calla no ríe, no llora.
La que calla es muda de alma.
¿A qué le teme la que calla?
¿A su voz? ¿A su poca coordinación palabra/pensamiento?
Tal vez no le tema a nada.
Sólo calla.
Calla por amor, sugiero yo.
No sé porqué he llegado a pensar eso.
¿Amor por qué?
No, tal vez ni siquiera calle por amor.
Al menos sé que calla, y es por algo.
Ese algo, un enigma.
La que calla conserva para sí temores,
aungustias, penas y alegrías.
No las cuenta a nadie.
La que calla no expresa sentir,
la que calla se echa a morir.
¿Por qué no habla?, se preguntan algunos,
tal vez si le preguntásemos.
No, no dirá la respuesta.
La que calla se la reserva.
Unos dicen que no es feliz,
otros que la inunda una alegría sin final,
la que calla no conoce algarabía ni lugar,
la que calla no obecede a sensaciones paganas.
La que calla calló cuando debía gritar,
la que calla calló cuando debía protestar,
la que calla calló, incluso, cuando debía callar.
Y ahí se encuentra hoy la que calla.
Serena, tranquila, con las venas marcadas en su piel.
La que calla quiere romperlas a mordiscos.
Nunca ha tenido el valor,
prefiere mantenerse estable, pasiva.
Sin embargo, la que calla quiere desangrarse por algo.
La que calla está ahí y estará siempre.
La que calla quiere callar para siempre.
¿Quién le hará el favor?
Seguramente ni alguno ni la que calla misma.
Por lo tanto, su consuelo es mantenerse callada
y que la vida le pase soplando la cara.
La que calla no hablará jamás.

domingo, 3 de mayo de 2009

Mi amor,

Me arrojas un por qué que recibo con letargo.
Agarro pé en el aire y le estrujo su sabor inicial.
Aprieto o con los dientes, degusto erre con mi lengua.
Salivo qú, quemo ú con mi paladar y me atraganto con é sin tragar.
Siento trabajar el estómago, que abre su boca y procesa las letras de tu aliento.
Bajan por mi intestino rozando paredes, haciendo llagas de pudor.
Las siento recorrer mi sangre, mis células, llenar mi cuerpo.
Sin embargo, defeco un por qué completo.

Insistes en la historia que no puedo explicar.
Y desangro las venas de mis ojos por la incontinencia de llorar.
Pero lo siento, el por qué me lo debo reservar.

Quisiera formular el porque, pero arrojo bocanadas de nada.
Doy vueltas en círculo, mordiéndome la cola, no terminando el ciclo.
Es que no tiene pies ni cabeza el porque, ya lo habrás notado.
Por eso el por qué no se puede explicar.

Aún así, yo te lo debo.
Jamás te he entregado el por, así que menos llegaría al qué.
Sólo te devuelvo un para qué, tratando de escabullirme.
No, de qué sirve los porqués y los paraqués.
Esos no existen.
La excusa agrava la falta, me sueles decir.
Te pregunto yo, algo que murió, ¿para qué revivir?

Es normal escapar de la realidad creando una falsa.
Una farsa que no te apetece.
No te satisface, no. No.
Y te preguntan por qué, pero si no lo hay, no,
No lo hay.

Y luego, categorizas las mentiras y las camuflas con “mi versión”.
Intentas que sea un por qué, pero jamás lo será.
Porque el por qué jamás será.

No hay explicación.
Ni siquiera necesidad de reconstruir escenas.
Ni siquiera de reformular pasados vacíos.
Mejor un presente abotagado, que un futuro baldío.

Te amo tanto mi amor.
Tú quisieras un cómo, yo te borro el cuándo.
Tú me cubres con un dónde, yo te rasgo las ropas de un cuál.
Y te amo tanto.

Si quieres un cuánto, yo te regalo un todo.
Pero el por qué nació muerto.
¿Dejémoslo bien sepultado?

jueves, 5 de marzo de 2009

Reflexión.

Sólo a las moscas les encanta vivir en la mierda.



Bueno, no queda más, me marcho con mi mosco.

lunes, 2 de marzo de 2009

A mi Estela

A veces pienso en ti. ¿Te comenté que te he imaginado de muchas maneras?
De todas formas, eres todo lo que yo esperaba. Me perteneces, pero eres tan libre como las golondrinas al emigrar.
Yo te amo con mi alma y aun así no deseo tu llegada y aun así me ilusiona la idea de esperarte cada día.
Y te quiero matar.
Yo te amo y sueño con tu rostro, con tu voz, tus cabellos y tu peso sobre mi cadera.
Lamento deshacerte entre mis dedos.
No espero tu llegada, mas grito tu presencia.
Te sueño cada día y sólo espero no tenerte acá.
Eres mi todo y pretendo que seas nada.
Y te quiero matar.
Vales tu lásgrimas nocturnas, mis sueños desvelados. Todo vales y aun así no eres aún.
Lamento no ser lo que esperabas, ¿sabrás que no soy lo que esperas?
Amo tus labios tirando mis senos, amo que seas tú y que fuiste yo alguna vez.
Me vales la vida.
Aún así no te quiero.
Y te quiero matar...
Tú comprenderás porqué así. Tal vez carezca de comprensión.
Y te imagino y te sueño.
En mi abrazo, en mi regazo, siendo cómplices.
Siendo mi razón de vivir.
Y aún así no te quiero.
¿Me podrías esperar...




... mi Estela?

jueves, 29 de enero de 2009

Aquí estoy, mírame. Me tienes frente a Ti con mi alma abierta gritándote con todos sus pulmones que la oigas y que me oigas.
No dejes que me roce aquella bala loca las arterias de mi corazón y no permitas que el disparo choque mi frente y cruce mi sien.
Haz algo por mí, no me des vuelta la espalda.
Estoy aquí, suplicándote desde lo más profundo de mis entrañas, con un fuego que arde y hierve sin cesar.
Calma mi poca Fe y entrégame tu mano, para apretarla fuerte y desgarrarte los tejidos que te adornan de eternidad y poder.
Sé mi regazo, sé mi Padre, mi Amigo, Mi hermano. Sé mi libertador y mi carcelero.
Tómame a la fuerza, dame bofetazos en el rostro, ya estoy despierta.
Te llamo, te susurro, te imploro.
Estoy aquí, dime que es recíproco.
Eres Todo y eres más que eso. Porque Eres, Fuiste y Serás.
Tú, Tú que todo lo llenas, todo lo conoces y todo lo deseas. Exígeme, desgárrame el alma y hazla añicos en tus cabellos.
Déjame barada en el desierto y sé mi bebida.
Embriágame de Ti.
Pero no me des vuelta la espalda.
Mírame con tus ojos sedientos de venganza y azótame contra el piso.
Violéntame, sólo para luego consolarme y preguntarme si aprendí la lección.
Oh Padre! Que de ti espero todo y no espero nada. Tú que mueves las piezas. Tú que ordenas el orden, desordenas el desorden. Tú que más allá de mí me conoces hasta la médula de mis huesos.
Acompáñame hoy que Te necesito. Acurrúcame en tus piernas y permíteme llorar.
Hoy entrego mi ser a Ti en mis manos abiertas.
Hoy Tú eres el que decide. Que se haga tu voluntad, no la mía, pero que tu voluntad se deje guiar por mis intenciones.
Yo no prometo, pues no cumplo, Tú lo sabes bien.
Yo pido, pero no entrego, Tú lo sabes bien.
Yo soy, pero he dejado de ser, Tú comprendes.
Yo Confío en Ti, porque me llevas cargando en tus brazos y me recuestas en mi cuna plateada.
Porque eres mi Padre y todo sabes de mí.
Por eso te pido, esta vez no me des Tu espalda, dame un fuerte abrazo, rompe mis costillas, pero hazme saber que estás a mi lado.
Que me apoyas.

lunes, 25 de agosto de 2008

A-Marte

Acá escapé, ilusionada sobre una nube no paré. Acá estoy, sentada sobre una roca, y mis ojos y mi boca miran el infinito que jamás alcanzaré. Ok, ok, en Marte desperté. Lo reconozco. Vi bosques y desiertos al paso que daba un paso. Me elevé, me elevé. A medida que el oxígeno se hacía escaso, el corazón sin marcapaso latía más fuerte. Al planeta rojo llegué y con tantos miedos de quemarme… y de quedarme. El cielo no es gris, se completa de arreboles rojizos y sueños enfermizos. Yo callo. Alguien allá al frente me grita de repente: “Acá está la Tierra, que no vuelen tus pies”. Enraizados estaban, claro, cubiertas de maleza y miel. De hiel. Bien puestos sobre la tierra, tierra negativa y atómica, peste de plaga, plaga de pestes, con cielos celestes que se apagan. “Acá estoy bien”, respondo, casi incoherentemente, es que jamás había dado si quiera un salto en que me soltara la gravedad presente. Y ahora estoy ausente, a ver si alguien me extraña.
La otra mañana eché una miradita. Nadie me devolvió el gesto, como si fuera protesta, con mi sonrisa propuesta, viré el rostro. Los gases me adormecían, más yo soñaba. Ya no estaba allá, sentía temor, claro, no quería quedarme siempre, la falta de aire y suelo, me quitaban consuelo de saber quién soy. Quién fui, tal vez. Tormenta de arena. Y me ciego. Bueno, acá huí, de lo que me ata, me mata.
Nunca había estado tan lejos. Un par de veces me invitaron a la Luna, y yo desnuda me dejaba querer. Marte está tan lejos dije esa vez, tal vez ni lo conoceré. Mi cuerpo liviano en la Luna me desesperaba, estaba atada al suelo seguro, cerros y montes de humo que cada día consumo sin contemplarme. Hoy estoy en Marte.
Recorro canales y desiertos, huyo de huracanes violentos, duermo entre los cráteres. Y no me siento bien. Las lluvias de meteoritos golpean muy fuerte, trato de mantenerme sin alimento, pero lo que siento siquiera se compara a lo que dejé allá en mi aposento.
Las noches están llenas de símbolos acá, de seres mudos que gritan caracteres que los ciegos jamás podrán comprender. Ayer vi un par de nubes queriendo formar aves sin escrúpulos que mediante su unión forjaban miedos y sinrazones, corazones sin esperanza.
Acá estoy sola, volando. A veces ando. Otras paro. Ni siquiera tengo sombra acá, como si fuera relevante, es que nadie conoce la soledad de quién no tiene amparo sobre el cual acogerse. Supe de repente que ella me llamaba, desde allá, el suelo de mi tierra que me detiene.
No estoy conforme, tal vez debería continuar en Júpiter, patinar sobre Saturno, dejar de respirar en Urano para caer en un coma profundo en Neptuno y dar alientos de vida en Plutón. No puedo. No puedo alejarme más de mi suelo. Me llama, me tira. Es que ya estoy muy lejos y me espera.
Tomaré una estrella fugaz de vuelta, dejaré estelas en mi camino y una que otra lluvia de meteoritos que quizá nadie notará. No, mejor me desvanezco en una aureola boreal verdosa, encandilo a las osas que pronto parirán y le pido a la gravedad que me haga caer donde siempre debí estar. El suelo.
Tal vez pude haber narrado algo sobre mis castillos, piedra sólida, arena de mar tropical. No. En Marte estoy y quiero volver, pero… ¿y si espero unos días más?
Ok, ok.

miércoles, 16 de julio de 2008

Sin título

Había vuelto la lucidez a mi conciencia por pocos segundos. Admiré las aves cantar, el ruido del motor de los automóviles, los semáforos bicolores, las chispitas chirriantes del riel del ferrocarril combinadas de enérgica electricidad y apasionada agua de lluvia. Y volví. Las neuronas no abren las alas, sólo conversan entre ellas las mismas historias repetitivas de siempre.

Quise apartarme, tal vez saltar al otro lado. Temí. Nunca entendí a que temía, tomando en cuenta que ni siquiera conocía lo que estaba afuera de mi aletargado refugio. Y la conciencia moría como atravezada por la bala de un certero francotirador.

Parecía ciego, mas podía ver. Golpeaba mi frente contra ese muro blanco, manchándolo de rojo carmín y lágrimas de sal. A veces las bebía cuando con timidez bordeaban mis labios. Y los mordía.

Quise atreverme y qué más da. Si no controlo mis movimientos. Ni siquiera me muevo.
Algunas veces viene algo y me cambia de posición. Yo callo. Siempre lo hago, nunca aprendí a sincronizar la lengua y los dientes. En ocasiones utilizo una esponja y me la introduzco en la boca. Me deshago de toda esa saliva innecesaria hasta deshidratarme.

Quisiera de todos modos mover mis dedos. A veces están tan fríos. De repente me los miro y calzo unos con otros. Sigo con la mirada la vertiente de su forma larga y huesuda. Y me los muerdo. Otra vez introduzco la esponja en mi boca.

No conocí a nadie en mis momentos de lucidez. Veía tantas caras, tantas. Me desconcerté. Esperé una distinta, similar a la mía. No la hallé.

Espera por mí podría haber gritado en ese entonces, cuando vi el cielo azul y ese sol radiante que cegaba mi vista ciega.

Quise romper mis limitaciones, tirarme de cabeza al abismo, abrir los brazos, morir hecho pedazos contra el suelo.

Muchas veces siento pulsaciones bajo mi ombligo. No las puedo comprender. Me trato de mover, y sólo alcanzo a cruzar las piernas. Pareciera querer saciar algo, pero las intenciones desaparecen en el momento en que mi mano se intenta mover.

Yo quisiera que me viera. Porqué habría de verme, si yo no me muevo, vivo estático acá, en mi rinconcito lúdico y febril.

Quisiera que me distinguiera, pero por esas casualidades de la vida siempre hay algo tapando mi visión. No soy vitrina para nadie. No pertenezco al mejor postor.

Quisiera que decidiera por mí. Pero quién soy yo, no tengo nada para ofrecerle. Soy sólo un corazón sólo, putrefacto y mal oliente. No pretendiera refugiarse en mí.

No tengo nada para ofrecer, ni siquiera puedo valerme por mí mismo.

Quisiera quebrar ventanas a gritos, ensordecer, no permitir que oyera otras voces. Mas no puedo. Estar conforme de mis cabezazos alucinégenos contra la pared es mi boleta sin derecho a cambio.

Yo no puedo salir. Las velas de mi conciencia no prenden. No tienen mecha. La verdad está hecha añicos.

Comenzaré moviendo mis dedos. Quisiera sentir el placer riguroso de amarrar los cordones de mi par de zapatos nuevos.

Y el siguiente paso concluirá en mi aprendizaje. Aprenderé, sin lugar a dudas, a silvar.

Y con mi sabionda sabiduría retendré los miles de pájaros que hoy vuelan, que no quieren posarse en mi mano a comer.
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